22 abr. 2018

Entrevista a Nicolás Giacobone: "Una película que no es una exageración de la realidad no vale la pena"

Nicolás Giacobone
JAVIER YUSTE

Pablo, un escritor mediocre reconvertido en guionista, lleva cuatro años secuestrado en el sótano de la mansión de "El Más Grande Director de Cine Latinoamericano de Todos los Tiempos", Santiago Salvatierra. Allí, a punta de pistola, ha escrito dos guiones de gran éxito. El problema es que en los créditos solo aparece su captor, que está empeñado en que Pablo escriba "La Película Que Va a Cambiar La Historia del Cine Mundial". Sin embargo, el bloqueo hace acto de presencia y Pablo comienza a escribir un diario de cautiverio en el que plasma reflexiones sobre las cosas que imagina, sobre el arte de escribir ficción, sobre los Beatles, sobre Borges o sobre las grandes obras maestras del cine. Con esta premisa se lanza a la novela Nicolás Giacobone (Buenos Aires, 1975), guionista de Biutiful y Birdman -por la que gano el Óscar- de Alejandro González Iñárritu y de El último Elvis de Armando Bo, para entregar en El cuaderno tachado (Reservoir Books) una reflexión sobre el arte de la colaboración.

Pregunta.- Su anterior referencia literaria, el libro de relatos Algún Cristo, data de 2001. Desde entonces ha desarrollado una importante carrera como guionista. ¿Por qué decidió regresar a la escritura literaria en este momento? 
Respuesta.- Para mí la literatura es mucho más importante que el cine, como creador y como lector o espectador. Cuando publiqué aquel libro de relatos era muy joven, pero ya me di cuenta de que iba a ser muy complicado ganarme la vida con la literatura. Me gustaba mucho el cine y vi una oportunidad laboral en la escritura de guiones, en la que a lo largo de los años me fui estableciendo. Nunca dejé de escribir textos más literarios, pero como no tenía necesidad de publicar, muchas veces los destruía. Al principio los destruía de una manera muy poética: prendiéndoles fuego. Después los enviaba simplemente a la papelera del ordenador.

P.- ¿Qué cree que le faltaban a esos textos para ser publicables?
R.- De alguna manera me daba la impresión de que seguía a los autores que más admiraba, pero al mismo tiempo no acababa de hacer los textos completamente míos. Sin embargo, El cuaderno tachado es el primer libro que siento que he escrito sin pensar y sin seguir una guía específica. Nació como un arrebato.

P.- ¿A qué se refiere? 
R.- Estuve una temporada viviendo en Nueva York mientras escribía con Alex Dinelaris, con el que ya colaboré en Birdman, una serie que terminó en suspenso (The One Percent). En mitad de aquel proyecto falleció mi padre inesperadamente en Buenos Aires. Estuve en casa unas semanas de luto acompañando a la familia y un día me levanté, como cada mañana, desesperado por hacerme un café con leche y ponerme a leer y, de repente, agarré un papel y escribí: "Todo empezó con un guion cinematográfico. Un guion que no debería haber escrito". Y así empecé a desarrollar el libro, oración a oración.

P.- El cuaderno tachado, sin embargo, parece también producto de una seria reflexión sobre su labor como guionista...
R.- He escrito guiones para Alejandro González Iñárritu y Armando Bo. En ambos casos fueron ellos los que me invitaron a desarrollar sus historias. Para mí fue un aprendizaje en el arte tan extraño de la colaboración. La colaboración no siempre funciona porque cada uno tiene que ubicar su ego en un lugar muy particular. No puedes dejar de ser tú mismo, pero al mismo tiempo estás dentro de la obra de otro. Todo esto me parecía fascinante como tema, pero en forma de ensayo o como algo realista podía acabar siendo aburrido o tonto. Mi gran desafío era convertir toda esa información específica sobre el acto de escribir y la colaboración en una trama de novela, e incluso en un thriller.

P.- ¿Por qué esta historia debía ser un libro y no un guion?
R.- Encaro la escritura de un guion o de un libro de manera totalmente diferente. Para mí la literatura debe ser libre y por eso intento no saber a dónde voy e irlo encontrando. El trabajo de guionista es diferente. Antes de escribir la primera letra tienes que realizar mucho trabajo de estructura, de personajes, escena por escena… En el libro, Pablo piensa que no tiene suficiente talento para la literatura y que su mediocridad narrativa funciona mejor en el cine. Acaba siendo un experto en la estructura y en todo el trabajo previo. Pero lo que a mí me seducía era mostrar que, por una situación dramática desesperada y desesperante, Pablo acaba recurriendo a la espontaneidad de la escritura literaria para acabar elaborando quizá su mejor guion.

P.- ¿Tuvo dudas en cuanto al estilo de la novela después de escribir durante años guiones que no requieren un estilo elaborado?
R.- Ni siquiera pensé en un estilo para la novela. Puse una oración detrás de otra y fue saliendo. Si es cierto que hay algo en la forma de escribir, del párrafo hecho oración, que me permite ver más claramente lo que escribo. Cuando escribo de corrido mi mente dispara un montón de cosas innecesarias. Cuando uso el punto y aparte creo que me sale algo más contundente.

P.- Pablo tiene una curiosa teoría acerca de que los guionistas deben ser vagos y los cineastas puro movimiento…
R.- Lo que él dice realmente es que un guionista debe ser vago en lo físico, pero no en lo mental, y que el director no debe ser vago de ninguna manera. Con lo cual Pablo sabe que nunca podrá dirigir y con lo cual yo sé que nunca podría dirigir. He visto trabajar de cerca a directores y admiro lo que hacen. Es un trabajo descomunal y dificilísimo en el que tienen que estar todo el tiempo convenciendo a un equipo de personas de que su visión es la adecuada para la película. Es como ir a una batalla. El guionista, en cambio, puede vivir en pijama hasta la noche del estreno.

P.- Pablo está obligado por su captor a revivir cada día la misma rutina...
R.- Para mí la elección de la rutina es fundamental, casi más importante que la salud, pero la mía no es tan rígida como la de Pablo. Yo suelo estar en casa todo el tiempo con la computadora encendida y el cursor titilando. Me gusta mucho ver los deportes o tirarme a leer, pero cada dos por tres me acerco a trabajar. En el caso de Pablo, él se da cuenta de que el encierro forzado le permite funcionar, pero a la vez sabe que depende de Santiago para ser significativo en el mundo del arte. Uno de los desafíos del libro era mostrar que los dos tienen razón. Cuando escribía a Santiago y encontraba las palabras que ese egomaniaco delirante tenía que decir, me di cuenta de que lo entendía perfectamente. Él lo que necesita es sentir que lo hace todo en las películas y que los demás lo ayudan y lo adoran. Pablo reacciona ante esta situación y por ello escribe esas cosas tan exageradas en el cuaderno, pero al mismo tiempo reconoce que depende de Santiago para ser alguien. Esa dualidad me parece interesante y se traslada un poco a la realidad. El guionista trabaja en una obra de arte que no es nada en sí misma, pero al mismo tiempo es esencial para la película.

P.- ¿Comparte los gustos culturales de su protagonista, como su rechazo por Borges?
R.- Pablo está obsesionado con Borges y por eso no le queda más que odiarlo. Pero diría que todas las referencias culturales de la novela surgen de algo personal. Por ejemplo, Beckett es uno de mis autores favoritos y Malone muere es, desde mi punto de vista, su mejor novela. Pero en el contexto de la novela todas estas opiniones se llevan a una exageración que no comparto realmente. Una película que no es una exageración elaborada de la realidad no vale la pena. La exageración te permite llegar a cuestiones grandes, que nos superan. Además, Pablo atraviesa un bloque artístico que le lleva a exagerar y a gritar cosas que nunca diríamos tomando un café. Por eso, no quiero decir que las opiniones de Pablo no me pertenecen, pero me pertenecen dentro de ese contexto.

P.- ¿Se inspiró de alguna manera en Iñárritu para crear a Santiago Salvatierra?
R.- Santiago Salvatierra no es Alejandro. Es un personaje inventado que sí que surge de algunas cuestiones que he aprendido en mis colaboraciones con él y con Armando Bó. Pero principalmente está inspirado en biografías de grandes directores como Fellini o en entrevistas con Tarkovski o Haneke. Lógicamente mi colaboración con Alejandro me permitió ver de cerca lo difícil que es hacer una obra de arte, una película que pretenda dejar huella.
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