7 may. 2017

Así de escabroso era (es) ser escritor en Jalibud

Margara Averbach

Los Angeles es una ciudad rara. En la primera mitad del siglo XX, Gertrurde Stein la definió para siempre con una frase: famosa “There is no there there”, algo así como “No hay ahí ahí”, en el sentido de que no tiene un único centro sino muchos, de que no hay un lugar que sea “Los Angeles” en realidad.

Uno de los muchos centros de la ciudad invitada de honor en esta 43a. Feria del Libro es Hollywood. Y no es solamente un centro cinematográfico porque el cine de Hollywood tiene influencia en la realidad estadounidense, incluida la literatura, y las relaciones literatura-cine son complejas, apasionantes y apasionadas. Las películas de Hollywood (no el cine off) son el producto cultural por el que más se conoce a los Estados Unidos y el país es consciente del poder de ese producto para transmitir ideas: el gobierno negocia para que su cine llegue con facilidad a todas partes, ponen dinero para que se muestre la bandera del país. Tienen razón: el resultado de esa política es que todo el mundo reconoce esa bandera y adopta o por lo menos entiende la forma en que leen la realidad los sectores poderosos, blancos, de los Estados Unidos.

No hay duda de que la literatura no puede competir con ese peso cultural pero las relaciones entre cine y libros siguen en la vidriera porque la escritura está íntimamente ligada con lo que pasa alrededor de quien la escribe. Tiene sentido que, en los siglos XX y XXI, las letras se hayan interesado por Hollywood y que las relaciones cine-literatura sean complejas y circulares: si muy al comienzo de su aparición, el cine de ficción se apoyó en la dramaturgia, actualmente los contactos van en las dos direcciones. El cine sigue leyendo la literatura a su manera y la literatura toma del cine muchísimos recursos, por ejemplo, el montaje.

Las relaciones entre Hollywood y los escritores estadounidenses van desde el amor y el deseo hasta el odio y el desprecio y aparecen tanto en los libros como en las películas. Los estudios contrataron escritores como guionistas y la experiencia no siempre fue buena para los que aceptaron. En los dos extremos están William Faulkner con su odio a Hollywood, por un lado, y por otro George Martin, guionista y escritor, famoso hoy por la saga A Song of Ice and Fire (Una canción de hielo y fuego), en la que se basa la serie Game of Thrones (Juego de tronos).

Hollywood es una industria. Lo reconocen hasta los estudios: en el siglo XXI, las series y películas ya no representan a los dueños de los estudios como artistas románticos sino como hombres de negocios. Por ejemplo, en Feud: Bette and Joan, una serie nueva de Fox sobre la rivalidad entre Bette Davies y Joan Crawford, Jack Warner (Warner Brothers) aparece como un hombre cruel cuyo único propósito es ganar dinero, capaz de maltratar y acosar a guionistas, directores y actores.

Los escritores que llegan a Hollywood como redactores de guiones están al servicio de personas como Warner: descubren fatalmente el carácter industrial de la “fábrica de sueños”. Ya no son artistas sino obreros. Cuando ya era conocido en su país, William Faulkner recibió una oferta de un contrato de quinientos dólares por semana para escribir guiones en la Metro Goldwin Mayer. Faulkner necesitaba el dinero y así empezó su relación con la industria. Odió Los Angeles desde el principio aunque tuvo experiencias positivas: su amor con Meta Carpenter y, desde lo artístico, su amistad con el director Howard Hawks.

“Ahí no adoran el dinero”, dicen que dijo una vez. “Adoran la muerte”. El dinero, parece decir el comentario, me lo esperaba. Este horror, no. En una entrevista para el diario Los Angeles Times, el futuro Premio Nóbel declara sobre su primera llegada a Los Ángeles: “La verdad es que me asusté. Y cuando me llevaron a una sala de proyección para ver una película y me decían una y otra vez que iba a ser muy fácil, me aturdí mucho. Nunca iba a poder hacerlo. No se me ocurría nada que no fuera salir corriendo”.

Al parecer, Hollywood no es fácil de tolerar. Años después, el cine retomó la historia: en 1991, los hermanos Joel y Ethan Coen filmaron Barton Fink, donde un dramaturgo famoso de Broadway, un artista, termina en Hollywood con un contrato semejante, le piden una película sobre luchadores (como tuvo que escribir Faulkner) y se relaciona con un hombre de bigotes y traje claro, amante de los caballos, un borracho que claramente remite al gran autor sureño.

Artista autodidacta, con un discurso barroco y un manejo del tiempo preciso e inolvidable, Faulkner no puede haber disfrutado mucho de un formato como el guión en el que todo tiene una dimensión práctica. Paradójicamente, era un buen guionista y escribió muchos guiones. Dos siguen estudiándose: el de Tener y no tener, la novela de su rival, Ernest Hemingway, y otro sobre El gran sueño, el policial de Raymond Chandler.

Aunque la mayoría de los escritores conocidos la pasó mal en Hollywood, hay ejemplos en contrario. En nuestros días, George Martin, autor de la saga base de Game of Thrones, se desarrolló como escritor y guionista, y siempre fue un pez en el agua en ambos mundos. Cuando se lo lee como escritor, es evidente la influencia en él de los recursos del cine. Al contrario, la razón por la cual su saga se convirtió en serie fue, seguramente, su conocimiento de la industria y quienes manejan sus hilos.

La promesa y la miseria de Hollywood y, sobre todo, el contraste entre ambas aparecen en novelas y cuentos de la literatura estadounidense. La historia del contacto de Francis Scott Fitzgerald con el cine se parece mucho a la de Faulkner. Necesitado de dinero, el escritor fue a parar a Hollywood en 1937, uno más entre otros guionistas de renombre –Dorothy Parker, los británicos Anthony Powell y Aldous Huxley–. En los dos años y medio que pasó en Los Ángeles redactando guiones de películas olvidables (Marie Curie, por ejemplo), Fitzgerald escribió también una serie de cuentos sobre un guionista, Pat Hobby, sometido a las humillaciones de la industria. Más adelante, volvió sobre el tema en El último magnate, publicada en 1941, después de su muerte.

En la primera mitad del siglo XX, quizá la novela que mejor retrata la doble faz del sueño hollywoodense sea obra de Nathanael West. Guionista de películas clase B, West escribió en 1939 El día de la langosta (The Day of the Locust), un retrato del horror, en el que cuenta la caída de una serie de personajes arrastrados por el deseo feroz de fama, éxito y dinero. El desastre con que termina El día de la langosta es grupal, en escenas que quedan para siempre en la memoria. Y West describe a Hollywood como ejemplo del estado de situación en todo el país, que acababa de salir de la Gran Depresión.

Lo que retratan todas esas obras es la versión hollywoodense de un “sueño americano” que no se cumple. Los Angeles, ciudad corrupta y terrible, promete a los ilusionados que llegan a ella cambiar en un instante sus vidas pequeñas y llevarlas a la fama, a la riqueza. Actualmente, esa misma historia se cuenta en la película La La Land. En los cuentos de Scott Fitzgerald, la novela de West, o años después, la de Alfred Hayes, Que el mundo me conozca (1958), reeditada por La Bestia Equilátera, los personajes recién llegados a Hollywood están al borde del abismo, solos, sin otra razón de ser que sus sueños de triunfar en las películas. El problema es que la industria, en lugar de levantarlos, los empuja hacia el desastre, y el sueño se convierte en pesadilla. Cada libro tiene su manera de contarlo. 

La novela de Hayes tiene un enfoque individual: cuenta un encuentro entre dos personajes, la chica aspirante a actriz y el narrador, otro escritor convertido en guionista. Como en La La Land, el planteo es casi minimalista. Y ahí es donde se puede contrastar a Hayes con West. El día de la langosta responde a la estética de 1930, cuando se preferían miradas más colectivas, tal vez por el horror de la Gran Depresión. Sin embargo, ambas novelas narran una sociedad, no una personalidad. West lo hace a través de personajes estereotipados y escenas de masas; Hayes, mediante las consideraciones del narrador sobre la chica, a la que ve como un cliché. Ambas miradas empiezan en la esperanza patética y terminan en la muerte. 

Por supuesto, La la Land cuenta la historia contraria: la del sueño cumplido. La literatura también. En el año 2000, la relata Joyce Carol Oates, en Blonde (2000), desde un punto de vista femenino y feminista. Toma el personaje de Norma Jean, que después se convierte en Marilyn Monroe. Norma/Marilyn consigue que Hollywood la toque con su varita mágica pero descubre que ese sueño maravilloso también es una pesadilla que termina en cosificación y muerte. La fábrica de sueños desdeña a unos y acepta a otros. A los primeros, los destruye. A los otros, los que acepta, se los devora. El sueño está corrupto incluso cuando se hace realidad.

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