28 abr. 2017

40 Aniversario del asesinato de un guionista (y sus cuatro hijas)

“El único héroe válido es el héroe en grupo, nunca el héroe individual, el héroe solo”, sostuvo Héctor Germán Oesterheld en el prólogo de “El eternauta”, su obra cumbre. Mañana se cumplirán 40 años de la desaparición del escritor y guionista. 

Si bien nunca se conoció el paradero de su cuerpo, se cree que fue asesinado en 1978 por la dictadura militar, siguiendo el mismo destino trágico de sus cuatro hijas.

Realizada junto al dibujante Francisco Solano López, “El eternauta” cuenta la historia de Juan Salvo, viajero de la eternidad, quien se materializa frente a un historietista para narrarle una invasión extraterrestre a Buenos Aires. La historieta se publicó inicialmente en 1957, en la revista Hora Cero Semanal. 

“Escuché. Todo el resto de aquella noche no hice más que escuchar y sí, cuando el Eternauta concluyó su relato ya todo estaba claro, tan claro como para llenarme de pavor, y de una enorme piedad, por él, por mí, por ti, lector. Pero no adelantaré nada... Es necesario que se conozca la historia del Eternauta tal como él me la contó”, reza el comienzo de la emblemática obra, para muchos el primer relato de ciencia ficción de la literatura argentina.

Nacido en Buenos Aires el 23 de julio de 1919, Oesterheld fue geólogo pero desde muy joven escribió cuentos infantiles. A principios de los años 50 se volcó al género de la historieta de aventuras, en el que se reveló como un guionista prolífico y original. Entre sus creaciones se incluye “Sargento Kirk”, “Ticonderoga” y “Ernie Pike”, con dibujos de Hugo Pratt; “El Indio Suárez”, junto a Carlos Freixas; “Randall the Killer”, con Arturo del Castillo; “Sherlock Time” y “Biografía del Che”, con Alberto Breccia; “Joe Zonda” y “Rolo, el marciano adoptivo”, también con Francisco Solano López.

Militante de Montoneros, tras vivir meses oculto y cambiando de viviendas fue emboscado y secuestrado en La Plata el 27 de abril de 1977.

“Emocionalmente, no puedo separar el hecho de ser su nieto, pero considero que es una de las figuras centrales de la cultura argentina, del siglo pasado y de siempre”, apuntó el escritor y poeta Fernando Araldi Oesterheld. 

“Tenemos la suerte -para él merecidísima- de ver cómo su obra se expande día a día, en Argentina y en el mundo; una obra que abarca el formato de historieta y el de la literatura más convencional. ‘Más allá de Gelo’ (libro de reciente publicación) recopila todos sus cuentos de ciencia ficción. Por eso para mí es un escritor con todas las letras, con todo lo que eso significa, no sólo un guionista de historietas”, agregó.

Las periodistas Fernanda Nicolini y Alicia Beltrami, autoras de “Los Oesterheld”, una biografía coral sobre esa familia aniquilada por la última dictadura, señalaron a Télam: “si ‘El eternauta’ es una historieta tan excepcional como clásica hay algo de eso en el propio Oesterheld: con su aspecto de abuelo, aún siendo joven y juvenil, y su parsimonia para hablar, siempre estaba corrido de la norma, de lo normal, de lo esperado. Era, en definitiva, excepcional”.

Sobre el ámbito privado, que muy detalladamente abordan en su libro, dijeron que era un padre diferente: cariñoso y cercano. “Trabajaba en su casa -algo extraño en la década del 50 para un hombre- y pasaba mucho tiempo con sus hijas, a las que les escribía cuentos y cartas. Esa unión se manifestó luego en la vida militante”. 

El escritor Juan Sasturain, uno de los principales especialistas y difusores del cómic, prefirió recordar al guionista a través del prólogo de su libro “El Aventurador (una lectura de Oesterheld)”, en el que recoge gran parte de los textos que escribió sobre Oesterheld desde mediados de la década de 1970 hasta la actualidad. “Héctor Oesterheld fue un notable contador de aventuras y, por sobre todas las cosas, un hombre bueno y sensible”, señala allí.

“Cuando Oesterheld escribía no imaginaba ni inventaba ni conjeturaba; Oesterheld aventuraba. Toda su vida fueron formas de aventurar. Aventurar es imaginar, suponer, proponer con riesgo: poner la convicción y el cuerpo detrás de la imaginación, de la invención. Es decir, hacerse cargo de lo que se crea (y se cree)”.

> PUNTO DE VISTA

Regueros de barro seco sobre el suelo encerado

MIGUEL REP  - ARTISTA PLÁSTICO

Para el verano de 1977, Oesterheld empezó a venir a la editorial en la que yo trabajaba. Su ceremonia era curiosa: redactaba sus guiones rápidamente como un taquígrafo, con esos signos raros, luego los leía en voz alta a un grabador de cinta, y una secretaria los desgrababa y transcribía a máquina. Una vez que ella tenía una hoja, o dos, el “Viejo” los leía y retocaba.

Todo era muy rápido. Así producía el Oesterheld al que yo, a veces, mudo, me acercaba.

Otoño del 77. Un mediodía me acerqué a su escritorio con un libro de la colección Salvat, hermoso y caro, que había comprado en el Parque Lezica. Yo lo veía muy ceniciento y barbudo, triste, con la voz apagada, laborioso, pero en otra.

En la editorial nadie le daba bola. Él entraba por la puerta de atrás y su recorrido se limitaba al pasillo: el baño y la cafetera. Pero yo iba, lo saludaba, le ofrecía un café, y ese día le mostré el libro: “Literatura Dibujada”. Se sintió atraído y yo aproveché para mirar junto con él las figuritas que recorrían la historia de la historieta. Hablamos de la guerra, de Hora Cero, de sus dibujantes, de lo que yo quería hacer. Lo percibí más animado. Y cuando apuré los trámites para volver a mi tablero el “Viejo” me pidió prestado el libro. Claro, dije. Y me obsequió una Rodhesia.

Una cosa me llamaba la atención: el reguero de tierra seca que dejaba en el pasillo. Se desprendían de sus borceguíes sucios. Un día no vino más. Pasaron las semanas, los meses. Yo lo extrañaba, y extrañaba mi libro. Nunca me lo devolvió. Seguí leyendo todas las maravillas que había escrito y se me ocurrían nuevas preguntas.

Más grande supe de su calvario, sus cuatro hijas muertas por la represión, y él mismo, chupado a un centro clandestino de detención. Supe del Oesterheld desaparecido y me enojé con mis compañeros por cómo me habían ocultado esa información.

La recriminación se fue atenuando, pero la conciencia había nacido para quedarse. Recién ahí pude dilucidar la ruta de un perseguido, un hombre que cambiaba de rutas. El guionista clandestino que dejaba regueros de barro seco sobre el piso encerado. (Télam)
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