15 ene. 2017

Tremendo relato de una guionista que sufrió machismo laboral durante 20 años

Julia Montejo

Según datos recogidos por la agencia EFE, el porcentaje de mujeres directoras, productoras ejecutivas o montadoras de cine ha caído si se compara con los datos de 2016 e, incluso, con los de 1998. Puede resultar sorprendente. Para mí no lo es.

Con 28 años hice mi primer largometraje en Hollywood y pensé: a partir de ahora, ya nada puede salir mal. Tragué mucho para hacer esa primera película: consentí en compartir créditos como guionista y como directora, a pesar de que mi coguionista y codirector, varón, ni escribió una línea de guión ni dirigió la película; tuve que aceptarle también como actor principal, a pesar de que era una castaña; e incluso (papá, mamá, no sigáis leyendo) callé cuando me envió a casa de un posible inversor, a pesar de que conocía el interés extraprofesional que el tipo tenía por mí. Gracias a él, viví una escena con la que engroso el grupo de mujeres que han sufrido un intento de violación.

La cinta cosechó más de veinte premios internacionales y regresé a España convencida de que los productores nacionales me aguardarían con los brazos abiertos. Lo único que encontré fueron puertas cerradas. NADIE leyó mis guiones ni me prestó la mínima atención. Cuando por fin conseguí una entrevista en Lola Films, me comentaron que, no es que mi proyecto no les gustara, es que habían decidido apoyar el de Tinieblas González, que tenía una presencia y un nombre bestial.

Conseguí trabajo de guionista en la serie Siete Vidas. Entré como becaria porque el jefe me juró que no tenía dinero para más. Tres meses después, y viendo que había contratado a otros guionistas con sueldos normales, le dije que, o me subía el sueldo, o me marchaba. Me echó, claro, argumentando “como tú, las hay a patadas”. Como él también debía de haber a patadas porque a los tres meses de irme, también le echaron.

Los siguiente años fueron de idas y venidas, entre Estados Unidos, Venezuela y España. Me las iba a arreglando para sobrevivir, escribiendo guiones de cine y televisión de lo más variado (los del proyecto para Playboy Channel no salen en mi bio). Cuando me cansé de que actores y productores de medio pelo me robaran la autoría o se colocaran de coguionistas, se me ocurrió demandar a una productora española que me había borrado de los créditos de un guión para conseguir con él una subvención del Ministerio de Cultura. Perdí el juicio, por supuesto. Yo solo pretendía que mi nombre siguiera debajo del título, pero el juez decidió que aquel no era un delito penal como sugería mi abogado, y a mí se me quitaron las ganas de seguir pleiteando.

Durante toda mi vida profesional, he soportado motes por ser mujer y comentarios sobre mi indumentaria (el de Dama de las Camelias es uno de mis favoritos, me lo pusieron en Globomedia), acosos sexuales varios (uno de ellos, junto a un cubo de basura, a día de hoy sigue persiguiéndome; el protagonista principal lo recordará sin duda), acusaciones de que mi entusiasmo laboral era de trepas y aprendiendo a nunca, jamás, manifestar que la trama propuesta por un jefe es una porquería, por mucho que insistan en que les encanta que les lleven la contraria. También he sufrido el ninguneo y una cosa peor, muy de la tele, y muy de guionista, el que tus jefes te vayan colocando minas bajo el terreno que construyes, para que no te creas mejor que ellos y no escribas nada que ellos no sientan como suyo. Este detalle es fundamental cuando hablamos de creación porque, teniendo en cuenta que la mayoría de lo creadores de series de televisión son varones, podríamos concluir que, en la ficción que representa nuestra cultura, el cincuenta por ciento de la población, no participa.

Pasaron los años. Conseguí un trabajo que adoro en la universidad. Eso me permitió enfocar la escritura desde un lugar mucho más satisfactorio para mí: la narrativa. Y ha ido bien. Mi primera novela fue finalista de un premio importante y eso me abrió la puerta de la primera editorial que confió en mí. Perseveré y ahora tengo una editora a la que admiro muchísimo: Silvia Querini.

Me encanta trabajar con mujeres. Cada vez que escucho: “Sí, ya, pero las mujeres son mucho más malas y retorcidas, ¿eh? Y los tíos son mucho más sanotes, menos complicados…”, me cabreo. Mucho. Porque, aunque hay hombres maravillosos, y yo tengo la fortuna de vivir con uno de ellos, me he cruzado con demasiados jefes que, o se han sentido amenazados, o han intentado incluir el sexo en la ecuación, o han preferido utilizar mi trabajo y luego promocionar a sus amigos. Respecto a la dirección cinematográfica, me cansé de intentar demostrar que podía ser igual o mejor que ellos…

Sin embargo, soy feliz. Me considero muy afortunada en la burbuja de creación en la que vivo pero sé que no es real. Y por si se me olvidaba, hace un par de meses, una nueva oportunidad laboral se encargó de recordármelo.

Una importante productora me ofreció escribir la serie de mis sueños. La productora me pareció estupenda. Justo el perfil de mujer que yo admiro: inteligente, luchadora y sensible. Por desgracia, yo no iba a trabajar con ella, sino con un vástago de apellido ilustre que lo primero que me planteó es que ambos seríamos coautores, pero él no iba a ser el que “tecleara”. La serie, de corte feminista, me gustaba tanto que, una vez más, tragué. Y comenzamos.

En las reuniones, él me contaba su vida, me aleccionaba sobre cómo se escribe un guión (soy profesora universitaria, especialista en guión desde hace veinte años) y me relataba las fascinantes clases que había estudiado en Estados Unidos (él estudió allí un año de Instituto; yo, el último año de carrera, y dos masters en UCLA aunque desconozco si él se había molestado en leer mi currículo). Yo le escuchaba paciente durante cuatro horas, y, por las tardes, trabajaba en casa. Me dijo que no pensaba leer ninguna de mis novelas por si no le gustaban. Le respondí que desde luego, nadie te publica ni te traduce por tu cara bonita, cosa que él puso en duda. Lo único mío que durante tres semanas le interesó fue si mis labios eran de ese color natural y que, vaya, cuántas pecas tenía. También si creía en Dios (¿?). ¿Todo esto hubiera pasado si yo me llamara Manolo y tuviera bigote?

Por supuesto, renuncié. Hace años no me lo hubiera podido permitir. Tampoco me hubiera atrevido a contarlo. Sin embargo, me he quedado con una rabia tremenda. A él la serie no le importaba, y a mí sí. Él no se merece un puesto con semejante poder, y yo podía haber escrito una serie estupenda. Después de veinte años, seguimos igual. O peor. Ahí están las cifras denunciando que el número de directoras de cine va en retroceso. Mientras las mujeres no podamos crear series nuestras, ser tratadas con respeto y trabajar en condiciones de igualdad, el retrato del mundo seguirá siendo sesgadamente masculino.
publico.es

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