22 nov. 2016

Conoce al extraordinario Andrés Duprat, guionista anti manuales y director del Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina

Patricia Kolesnicov

"Soy grande”, va a decir un par de veces. “Soy un hombre grande”, repetirá Andrés Duprat, como si tuviera que convencer a alguien, como si tuviera que convencerse de que ese muchacho, ese hombre joven que ve en el espejo, es el director del Museo Nacional de Bellas Artes y es –combo– el guionista de El ciudadano ilustre, una de las películas más vistas y premiadas de este año.

El director del Museo de Bellas Artes no tiene, sin embargo, un doctorado en Plástica: es arquitecto, la profesión más artística que pasaba en una familia de abogados. Cuando, hace poco más de un año, ganó el concurso para conducir el principal museo argentino, Duprat era el director nacional de Artes Visuales, un funcionario del Ministerio de Cultura. Antes había dirigido los museos de Bellas Artes y de Arte Contemporáneo de Bahía Blanca.

Tampoco es –era– escritor: se lanzó a los guiones en 2005, a partir de algunas ideas sobre el arte que quería que llegaran a más gente de la que garantiza un ensayo. Su hermano Gastón lo escuchó: la película –dirigida por Gastón y Mariano Cohn– se llamó El artista y mostraba el filo y la ironía que se verían después en El hombre de al lado y El ciudadano ilustre.

Así como el guionista de éxito se burla de un libro canónico para la gente del oficio –El guión, de Robert McKee–, el director del Museo descree de explicaciones intelectuales de las obras. “Eso lo usamos para defendernos”, dirá. Y dirá que en los museos la gente se siente un poco bruta. Y que eso no le gusta.

– ¿Habría que estudiar para ver arte?

– No tenemos esa educación en las artes visuales, no nos enseñan en la escuela a pararnos frente a una obra. Pero a mí me parece que en las artes visuales prima toda una cosa intelectual que no sé si es buena. Creo que se ha perdido esa idea de experiencia sensible delante de una obra. Y yo no sé por qué me gustan a veces las cosas, creo que están apelando a una parte mía sensible y no intelectual. Creo que lo intelectual lo usamos para defendernos, para no pasar por ignorantes, para decir: “Bueno a mí esto me recuerda al Cy Twombly de la segunda etapa...”. O sea, citas que son bastones para bancarse ese abismo ante el que te pone a veces una manifestación artística. Creo que debiéramos dejarnos ir en esa deriva, en esa intemperie en que te deja el arte.

– Te burlás de eso en El hombre de al lado, en la escena en que el protagonista y un amigo están escuchando música en un deleite exagerado y confunden golpes en la pared con notas de vanguardia.

– Es que creo que nosotros como espectadores debemos recuperar una frescura perdida quizás por una hiperintelectualización. Me pasó mil veces, por ahí te explican unas cosas re cabezonas, como “no ves la cita a no se qué”, y después es un rollo para sostener la sinrazón del arte en anclajes académicos. Después esas citas no están, y no importa.

– O sea, creés en la sinrazón del arte.

–Sí. No creo que haya un mensaje a descifrar. No creo que comunique. Hay un pararse frente a una obra y conectar. Por eso hay que esquivar esa cosa dirigida, también porque trata al espectador como un salame. Y yo no creo que el público sea un salame al que yo le tengo que indicar qué es lo que tiene que pensar.

– Pero cuando uno sabe, ve más.

– Hay una frase del artista Bruno Munari que me encanta: “Uno ve lo que sabe”. En ese sentido está buena la información porque te da más herramientas de abordaje. Que no se entienda mal, yo estoy a favor de que uno se cultive. Eso no debe confundirse con que un cuadro tenga un mensaje escondido y que tengas que ser doctor en Historia del Arte para entender lo que pintó un tipo. La gente va a los museos con la estima baja y dice: “No, la verdad que no entendí si esto es bueno o malo, pero evidentemente yo soy medio bruto”. Hay como un respeto a la institución, y si algo está colgado ahí debe ser porque algún genio lo puso y yo soy bruto y no lo entiendo. Eso es nefasto socialmente.

– Es lo contrario de lo que pasa cuando se muestran esas mismas obras en la web de un diario.

– Es parte de la misma falta de educación para plantarse delante de una obra. Entonces la gente cree que le están tomando el pelo.

– ¿Escribías antes de los guiones?

– Escribía sobre arte, con el corset del arte en los catálogos de las muestras.

– ¿Cómo aparecés como guionista?

– Yo tenía un montón de apuntes, impresiones sobre el arte contemporáneo. Era cerca de 2005, ya tenía una trayectoria. Estaba armando un libro de ensayos que era como mi mirada acerca sobre todo del mundo social del arte contemporáneo. Uno de los puntos importantes era que el mundo de las artes visuales contemporáneas es como una burbuja endogámica, esa idea de que esto es para gente que entiende muchísimo. Pero si yo editaba un ensayo lo iban a leer las doscientas personas y no iba a tener ninguna trascendencia. Ahí surgió la idea de hacer una película. Con mi hermano Gastón y Mariano Cohn empezamos a trabajar una manera de transformar ese ensayo en una ficción. Eso fue El artista.

– ¿Tuvo algo que ver ese guión con tu experiencia anterior de escritura?

– Es lo opuesto. En un trabajo de investigación tenés que ser preciso y lo que digas tiene que ser correcto. En cambio, en la ficción escribís con total libertad, y encima siendo escritor cinematográfico... Soy eso más que guionista, porque escribo como una especie de guiones literarios…

– Con mucha ironía.

– Eso es observación. Yo escribo primero un guión y después lo trabajamos entre los tres. Gastón y Mariano no escriben, pero tienen muchísimas ideas de otro orden. No creo que un guión de cine sea como una novela que vos decís: “No me cambies una coma”. No, es una guía.

– Parece que hubieras entrado a todo un poquito desde el costado. “No soy un historiador del arte, no soy un tipo de cine y me meto con todo…”

– No estoy en contra de la educación pero en el campo de la creación cierta mirada oblicua es muy bienvenida. Las herramientas te indican un camino. Me regalan libros de guiones, como uno de McKee...

– Es una especie de Biblia.

– Tiralo a la basura. Es como si hubiera hecho una guía para hacer hamburguesas. Como espectador, prefiero que me asombren. Que no esté el chiste cuando tiene que estar, prefiero que la obra me atrape, me meta en su propio tiempo y escapar de esa especie de eficacia controlada. Las series tienen mucho de esto: algo probado por los sociólogos.

– Decís que no te tenés tanto respeto como para no cambiar las cosas. ¿Te pasó en las películas?

– En El hombre de al lado. La escribí porque había tenido un episodio parecido. Un vecino me abrió una ventana donde no correspondía. Yo encima soy arquitecto, tendría autoridad para decir: “Flaco…” Pero el vecino me doblegaba en las discusiones. Yo tenía la razón objetiva, pero el tipo decía: “Al barrio no llegó la noticia de que no se puede hacer una ventana”. Y era verdad. El me hacía sentir como un policía. La idea salió de ahí pero trabajar con la Casa Curuchet –como terminó siendo en la película– no se me había ocurrido. Lo lamento porque soy arquitecto, nací en La Plata y escribí un montón sobre esa casa, la única que Le Corbusier construyó en América Latina. Pero la idea se les ocurrió a Gastón y a Mariano. Hubo una adaptación: de un PH en Congreso a una casa ultramoderna porque esa historia funciona mejor en una casa fetiche, absolutamente transparente, que en una casa como la tuya o la mía.

– El final de esa película es terrible, tanto ahí como en El ciudadano ilustre hay una mirada durísima sobre la gente de la cultura.

– ¡También! Nosotros somos un poco así. Te escuchás a vos mismo en ciertos contextos y decís: “No.” Y parás de hablar. La verdad que estar hablando con énfasis de algunas pavadas del arte contemporáneo en un mundo en llamas es como una frivolidad.  

– Te ponés en una posición muy crítica y sos el director del Museo Nacional de Bellas Artes. 

– Soy crítico también con las instituciones públicas. Como director del museo soy un profesional: sé cómo se hace. En cambio en la escritura no lo soy: escribo sobre el mundo que conozco.

– Y El ciudadano ilustre tendría algo que ver con Bahía Blanca.

– Tiene mucho que ver, pero igual tiene que ver con todos los pueblos. En un pueblo invitan a una figura pero en realidad lo que quieren es usarte. Hay como un chauvinismo de los pueblos... El ciudadano ilustre trata sobre ese chauvinismo. Y si la película tuvo éxito en Italia debe ser porque allá pasa lo mismo. Son clichés mundiales. En Bahía, en particular, hubo un Premio Nobel de Medicina, César Milstein. Milstein huyó de Bahía Blanca cuando terminó el secundario. Estudió en la UBA, después afuera, no volvió nunca más. Y después ganó el Nobel. Yo ni siquiera sé aún hoy –nadie sabe– por qué. Se transformó en un héroe y lo trajeron acá como a un héroe. Y yo me acuerdo de que fue a Bahía Blanca, lo llevaron al Colegio Nacional y había un exitismo como si fuese Ginobili. Y por ahí si llegan a saber las opiniones del tipo ese, que es lo que me parece que pasa en El ciudadano ilustre, lo echan.

Una búsqueda sin límites

El arquitecto Andrés Duprat es el actual director del Museo Nacional de Bellas Artes. Como curador de arte, realizó más de un centenar de exposiciones en museos de Argentina, Francia, Cuba, Estados Unidos, Chile, México y Rusia. Escribió también los guiones de, entre otras películas, El artista, El hombre de al lado, Civilización –un documental sobre León Ferrari– y El ciudadano ilustre, dirigida por Mariano Cohn y Gastón Duprat.
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