25 abr. 2016

Entrevista a Cervantes: «Espero que un productor me contrate para ser guionista de alguna serie»

El profesor José Manuel Lucía Megías se hace pasar por Cervantes en esta entrevista imaginaria. El autor de «El Quijote» se hace oír y responde sin esquivar preguntas. Su vida está en ellas. Es certero en sus respuestas y se moja con la actualidad.

La entrevista arranca sin más dilación. A estas alturas, presentar al padre de don Quijote está de sobra. Vamos, pues.

–¿Señor Cervantes, a usted que nadie le hizo caso en su tiempo, ¿se imaginó alguna vez que hoy sería la principal figura de las letras españolas y universales?

– Siempre soñé con algo similar. Mis últimos años los dediqué a recopilar todo lo que había escrito, a darle una forma definitiva para vivir en la fama más allá de la vida que tuve de carne y hueso. ¡Pero llegar a tanto como vuestra merced me dice! Ni más ni menos que un genio creador... Yo fui el regocijo de las musas en mi época, pero ¡llegar a lo más alto! Me habéis dado una gran alegría. Os lo agradezco. Espero que esta fama haga que mis libros sigan siendo los más leídos, en especial mis queridas «Novelas ejemplares», mi particular mesa de trucos donde demostré ser el mejor narrador de mi época... ¡y parece que ahora el mejor narrador de todos los tiempos!

–¿Qué pensaría de esto Lope de Vega, con quien mantuvo sus más y sus menos?

–A Lope siempre le admiré como escritor, siempre le envidié como dramaturgo y siempre me reí de él por esa pretensión de llenar de torres y de escudos su linaje y su pasado. Lope era el dios de la literatura. No se movía una letra en los mentideros, corrales de comedias y academias del Madrid de aquel momento si él no lo quería. Yo nunca he sido hombre de grupos ni de rendir pleitesía a nadie, ni incluso al mayor monstruo de naturaleza que la literatura haya creado. Por eso viví pobre, pero libre. Y por eso pude escribir en libertad mi obra. Lope de Vega triunfó en su momento. ¿Qué ha de opinar del tiempo, ese gran escultor?

–¿Y Quevedo?, que era un poeta bastante orgulloso.

–Seguramente me miraría socarrón detrás de sus gafas y me lanzaría uno de sus halagos ambiguos en que, al mismo tiempo que alaba denosta. ¡No hubo ni habrá nadie que le pueda hacer sombra en el ingenio de sus afilada lengua! ¡Más peligrosa su pluma que la más diestra espada de aquellos años!
–Porque, para usted, el gran ejemplo a imitar es Garcilaso de la Vega, poeta y soldado.

–Garcilaso de la Vega me queda un poco lejos. Desde el pedestal de su linaje me mira por encima del hombro. Yo soy poeta. Y sé que de la poesía no se vive, por más que sea uno de los autores de romances más famosos y reconocidos, que haya ganado varios juegos florales y que mis versos hayan estado colgados en algunas de las celebraciones más importantes en las calles de Madrid. Pero de la poesía no se vive. Y de la milicia hay que salir con la frente alta y las heridas suficientes para poder seguir viviendo.

–Usted que estuvo en Lepanto, ¿cómo ve que todavía estemos en guerra con Oriente?

–Las guerras, más que otras, están sujetas a continua mudanza. Las guerras son el fracaso del diálogo. Si aún están en guerra, si aún estamos en guerra es porque no se ha podido o no se ha querido antes dialogar. Sólo comprendiendo y respetando al otro, y el otro comprendiéndonos y respetándonos a nosotros se podrá imaginar un mundo diferente. Las guerras no son nunca una solución. Son sólo la demostración del fracaso de la palabras.

–A propósito, cuéntenos aquello de Lepanto. ¿Qué le pasó?

–¡Qué gran batalla aquélla! Ni antes se vio una igual ni los siglos venideros han visto nada semejante. Da miedo tan sólo recordarla. Allí comenzó mi carrera militar. Allí participé como soldado bisoño y allí sabía que podía construir los cimientos de mi carrera de soldado en los tercios españoles.

Participé en el esquife en la galera la Marquesa. Me jugué la vida y tuve más suerte que muchos de mis compañeros: pude acabar con tan sólo tres disparos de arcabuz, con los que conseguí un sobresueldo y ser considerado soldado aventajado. En el mar Mediterráneo comenzó mi carrera militar, que me llevaría a decenas de escaramuzas en los siguientes tres años. En el Mediterráneo, ante las costas catalanas, fui hecho cautivo y allí se acabaron mis sueños de convertirme en capitán.

–¿Cómo fue vivir sin una mano?

–Bueno, en realidad, la mano izquierda nunca la perdí: ahí está recordándome a todas horas mi paso por el ejército, lo cerca que estuve de la muerte, con lo que se hace necesario vivir intensamente la vida. Las heridas de guerra son la medalla de los soldados. Quien lo vivió lo sabe.

–Desde su tiempo hasta hoy, la monarquía ha cambiado mucho. ¿Pero cómo ve a España y a los españoles? ¿Seguimos igual?

–¿Y quién nos va a cambiar, mi buen amigo? Nosotros seguimos siendo iguales, así como iguales siguen siendo los franceses, los ingleses, los holandeses... unos son capaces de vivir en la apariencia, otros en el comercio y, los terceros, en la doble cara, en la doble moral. ¿Quién soy yo para criticar o para pedir explicaciones a quienes son como yo? Estamos siempre quejándonos y comparándonos. Nada nos parece bien y pensamos que lo que hacen otros siempre está mejor, que no somos los suficientemente valientes, altos, rubios... Como le decía, en Lepanto aprendí a vivir rodeado de tanta muerte, de tanto dolor, de tantas miserias. Y es lo que tenemos que aprender los españoles de los italianos: vivir con alegría, sin tener que lamentarse a cada momento.
–Parece que siguen las mismas corruptelas entre ministros y validos...

–Me temo, amigo, que esto no es único de España... el poder tiene algo que corrompe a cualquiera en cualquier lugar. El poder abre el cauce de la ambición, que nunca se llena, que nunca se sacia. Ser ambicioso, soberbio y ambicioso, es el peor de los defectos que alguien puede sufrir. Lo consume por dentro. No hay que le sirva y la envidia se transforma en su mirada. Yo me río a carcajadas delante de los duques, de los ministros y validos porque son unos pobres infelices. Yo me quedo con mi buen Sancho Panza, con su sentido común, que abandonó pobre su ínsula, de la misma manera como había llegado a ella. Un ejemplo para los ministros de entonces. Un ejemplo para los políticos de ahora.
–Aunque usted también tuvo sus problemas. Explíquenos aquello.

–Mis problemas fueron contables antes que financieros. La Hacienda pública es siempre una máquina que hay que engrasar con cuentas y más cuentas. Nadie se libra del celo de un contable, de unos números que no terminan de cuadrar. Las mías parecía que no cuadraban y me llevaron preso. Di las explicaciones necesarias, lamenté todos los errores y estuve durante varios meses en la cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido tiene su habitación.

–¿Y cómo ve que los políticos hoy se den más puñaladas que los escritores de su época?

–Me temo que los políticos de hoy son niños de parvulario en comparación con los escritores de mi época. Más que atacarse con la destreza afilada de los argumentos y de las ideas, con el ingenio de los retruécanos y de las palabras de doble sentido, se comportan como niños mimados y se insultan con la grosería de los infelices de una taberna. El «tú más» no es nunca un argumento entre caballeros con dos dedos de frente. Ya me gustaría que se acercaran a las puñaladas, a los golpes certeros de ingenio que nos lanzábamos los escritores de los Siglos de Oro en las calles estrechas del Barrio de las Letras o los escalones incómodos de los mentideros.

–Usted, que soñó con ser dramaturgo, ¿cómo ve esto del cine y la televisión?

–Adoro el cine y la televisión. Adoro esas imágenes que, por arte de magia, aparecen y desaparecen delante de mis ojos. Adoro sus posibilidades narrativas. Sólo espero que lea esta entrevista un productor y me contrate para ser guionista de alguna serie de televisión o de algún corto. Mi vida, mi leyenda y mi mito está todavía esperando el lugar que debería ocupar en la pequeña y en la gran pantalla.

–¿Y qué opina de su compañero de centenario, William Shakespeare? ¿Ha hablado con él? ¿Le ha dicho algo?

–El otro día vino un amigo mío de Londres y me comentó que mi Don Quijote iba de mano en mano, y que incluso ese Shakespeare y su amigo Fletcher habían escrito una comedia a partir de mi Cardenio. Le pregunté a mi amigo si le había gustado la representación, la hechura de la historia y la maestría de los diálogos. A decir verdad, nada bueno me dijo de ese Shakespeare, y vaticinó que su teatro no tendría ningún éxito después de su muerte. Nada comparado con Lope de Vega o con Calderón. Autores por todos admirados, que serán eternos en sus representaciones. Menos mal que mi amigo se ganaba la vida como secretario de Mateo Vázquez. Como profeta, tenía los días contados.

–¿Cómo ve su propio centenario? ¿Anda un poco cojo, como el señor Quevedo, o no..?

–Lo veo un homenaje muy español, lo que me gusta mucho. Un homenaje lleno de vida, donde no hay plaza, pueblo, escuela o sala donde no me recuerde. Los kioskos están llenos de mi rostro –por más que no se sepa cuál es mi rostro–, y no hay esquina que no tenga agazapado un homenaje, un acto. Un homenaje de la calle para un hombre de la calle como soy yo. ¿Que si me hubiera gustado que se hubiera organizado con más tiempo? Pues seguramente. Lo importante es lo que sucederá en enero de 2017. ¿Qué se recordará, qué perdurará de tantas actividades? Si le soy sincero, a mí me haría mucha ilusión que se apoyara la publicación de la «Gran Enciclopedia Cervantina», que dirige mi buen amigo Carlos Alvar... sería el primer escritor en tener una obra semejante a mis espaldas. ¡Ese sí que es un homenaje de Estado!

–Hoy «El Quijote» es más famoso que usted. ¿Cómo lleva eso de que su creación le haya superado en fama?

–Todos somos hijos de nuestras obras. Y qué mejor que ir a lomos de mi Don Quijote recorriendo tantos caminos y tantas geografías! Estoy feliz y sorprendido a un tiempo. Feliz por saber que mi literatura al final me ha dado la fama que no tuve en vida. Pero sorprendido de que haya sido «El Quijote», una obra que siempre consideré menor, la que haya puesto las bases de mi mito. Está visto que no podemos controlar el futuro. ¡Y así debe de ser! ¡Un misterio agazapado detrás de cada esquina!

–¿Qué le parece que sólo el 20 por ciento de los españoles lo hayan leído hoy, cuando en su tiempo fue un «best seller» ( y perdone el anglicismo)?

–¿Sólo el 20 por ciento? Esta noticia me llena de gran tristeza. ¿Acaso mis obras no son lectura obligatoria en las escuelas y en las universidades? Un escrito vive no porque se haya construido un mito sobre su persona sino porque sus obras se lean. Este sería el mejor homenaje que me pueden hacer: leer mis obras. Leer cualquiera de mis obras. Ya sea en versión original o en adaptaciones. Lo importante es leer, es leerme.

–¿Imaginó que escribía algo tan importante, porque no era su obra favorita...?

–Disfruté mucho escribiendo la primera parte del Quijote. La segunda me costó más porque nació del impulso de contestar a Alonso Fernández de Avellaneda y su Quijote falso. Me faltaban las fuerzas y me quedaba sin vida para terminar mi «Persiles», la obra en que cifré mi fama. Pero me lo pasé bien escribiéndola, dejando correr la pluma sobre los folios en blanco. Y eso lo notan los lectores y esa libertad, esa alegría es la que tantos lectores aplauden.

–Y, por último, ¿qué le parece que le remuevan los huesos?

–¿Qué le voy a decir? No me ha gustado nada que me hayan de nuevo sacado de donde quise estar enterrado. No me gustan las placas ni el mármol. Creo que fue un error sacarme de mi cripta para llevarme a la iglesia. Aplaudo que me hayan buscado, pero no para sacarme de allí. Y lo que sí espero es que, ahora por fin, los que tienen que hacerlo, se den cuenta de que hay que seguir soñando más allá del 2016 y de estas celebraciones: hay que soñar con recuperar mi querido Barrio de las Letras, devolverle el prestigio de lo que fue hace 400 años: el centro cultural del mundo. Ese es mi lugar, y de él me gusta siempre acordarme. Espero que Manuela Carmena esté también a la altura de los tiempos de desafíos en que nos ha tocado vivir.
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