6 ene. 2016

"La política es tabú en para l*s guionistas aspañoles", escritor de "Cuéntame cómo pasó"

FEDERICO MARÍN BELLÓN

Ignacio del Moral «solo» lleva cinco temporadas como guionista de «Cuéntame cómo pasó», serie que regresa el jueves con su temporada número 17. Se incorporó al equipo gracias a una llamada de Eduardo Ladrón de Guevara, uno de los padres del invento. «Farmacia de guardia», «El comisario», «Los lunes al sol», «Planta cuarta» y «Las aventuras de Tadeo Jones» son algunos de los títulos en los que ha trabajado. Nunca le han faltado premios y público.

- Cuénteme cómo es el regreso de «Cuéntame»

Es un capítulo que transcurre el día de Reyes, porque nos gustaba mucho hacerlo coincidir lo máximo posible con el día de emisión. Es el regreso de la temporada y un reencuentro con los personajes, una reubicación de los mismos. Plantea lo que va a ser la temporada, con Antonio deseoso de recuperar el liderazgo de la familia y hacer planes conjuntos con sus hijos, porque él cree que tiene a la familia un poco dispersa y quiere reagrupar a la manada alrededor. Y se encuentra con que la manada ha crecido, los mayores son adultos y la pequeña apunta una adolescencia tremenda.

- Y en la serie, además, lo que ocurre suele tener otras lecturas

Todo es siempre una metáfora de lo que está pasando en el país, que se está convirtiendo en otra cosa. Tratamos de contar la historia con minúsculas y la Historia con mayúsculas a base de una trama muy doméstica, sin acontecimientos extraordinarios, que suelen acabar con los Alcántara tarifando en torno a la mesa del comedor.

- ¿Hasta qué punto la familia Alcántara es un reflejo de España?

Aparte de la utilización concreta de los acontecimientos históricos que coinciden con la fecha de la acción, la familia muestra esa evolución de España que se acerca a la modernidad, pero sin desprenderse del todo de muchos resabios de tantos años con una forma de vida más tradicional. La familia lucha, como España, entre mantenerse fiel a sí misma y conservar lo mejor y toda una serie de impulsos que llegan del exterior, muy cerca de la entrada en el Mercado Común. Y luego está esa pugna por el uso de las nuevas libertades. A veces es más sutil y otras es más claro, como cuando forzamos a la familia en diversos escenarios.

- Sobre la mesa se llegan a plantear asuntos como el GAL.

Sí, sí, sí. Los años ochenta, que los recordamos todos como una época básicamente muy festiva, muy divertida, de eclosión, sin embargo tienen un reverso bastante tenebroso. Fue una época de mucha violencia, con el terrorismo, el contraterrorismo del GAL, la violencia callejera... La crisis económica fue menos intensa y sin embargo produjo mucha más violencia. Es curioso. Luego vinieron males como el sida, que hicieron replantearse incluso muchas de las conquistas de libertad individual que habían llegado. Realmente son unos años que tienen una cara B, aunque nos acordemos de la Movida. El tiempo depura mucho los recuerdos, porque era una época tremenda.

- Parece que tienen un papel antinostálgico.

Yo creo que sí. Hay una nostalgia tierna de lo doméstico, de lo cotidiano, de los objetos que intentamos sacar, pero históricamente tampoco debemos pensar que cualquier época pasada fue mejor. Tampoco peor. Yo, que tengo una cierta edad, añoro un mundo sin tanto móvil, y eso sí intentamos reflejarlo. Pero no creo en la pura nostalgia, aunque creo que de verdad hemos perdido algunas cosas, como una cierta estructuración de la familia, que se mantiene en gran medida, lo que explica que hayamos podido pasar la crisis a pesar de todo.

- ¿Entrar en los Alcántara es más difícil que hacerse querer por los Corleone?

Yo conocía mucho a Eduardo Ladrón de Guevara y cuando quedó libre un puesto me llamó. También conocía al equipo de otras cosas. No fue difícil, pero tengo aún mucho que aprender, porque en una serie con tanto recorrido se te ocurre una idea genial y resulta que estaba hecha en el capítulo 28. Tienes que tener mucha humildad.

- ¿Ve al equipo artístico cansado, con ganas de que termine todo?

Es natural que ellos se cansen cada año, porque son 19 capítulos de 70 minutos por temporada, que es una barbaridad. Son casi 19 películas, con el doble desafío de ser fiel a sí mismos y al mismo tiempo sorprender. Los actores a veces se ven repetitivos. Y cuando propones algo que no les cuadra, se ve cierta tensión. A veces incluso nos equivocamos.

- Vivieron una crisis con la infidelidad de Antonio.

Sí. Aquello era un viejo deseo de Eduardo, que es un iconoclasta, y como creador de la serie creía que debíamos reflejar una cosa muy de la época. Fue algo complicado, que dio mucho que hablar. Yo creo que fue un capítulo muy interesante pero nos sorprendió lo doloroso que resultó para mucha gente. No sé si hicimos bien o mal, pero fue un desafío. Ahí queda esa reacción. Creo que cuando se estudie la televisión de estos años se recordará, como la muerte de Chanquete.

- Hablando de series míticas, usted ha trabajado en varias, como «Farmacia de guardia».

Empecé con Farmacia. Mercero y yo fuimos los creadores. Fue un maravilloso maestro, porque yo estaba empezando. Fue un éxito sociológico, más que de audiencia, y a mí me abrió el camino de forma fulgurante. Era una industria en la que empezaban las privadas y sembramos algo sobre lo que se construyeron cosas. Luego estuve en «El comisario».

- Ha vivido la evolución impresionante de nuestra ficción.

Ha sido un salto enorme en lo técnico y también se ha perdido el miedo a los géneros. Cuando empezábamos, todas las series eran costumbristas. Quizá con razón, al no poder dar lo mismo que los americanos, nuestra baza era lo cercano. Así conseguimos la fidelidad de los espectadores, que sigue por encima de la americana. Una vez conquistada esa plaza, se empezó a arriesgar un poco más y lo primero fueron los géneros. Cuando hicimos «El comisario» nos daba miedo mostrar al niño de «Verano azul» con una pistola, por si la gente no se lo creía. La gente lo aceptó. Luego apareció lo histórico, la ciencia ficción, el terror... y es muy saludable. En lo técnico, la calidad ahora es muy alta, como demuestra que se exporten tanto los formatos como la serie enlatada a otros países.

- ¿Cuál es nuestra asignatura pendiente?

La política. Abordar la política como llevan haciendo los ingleses o los americanos tantos años. Ahí hay un tabú. Tenemos muy pocos operadores de televisión, la pública y otras dos, y creo que no les gusta mucho pillarse los dedos. No se atreven todavía a hacer una serie en la que el protagonista sea del PSOE o del PP y lo diga. Los americanos y los ingleses lo hacen y muestran sus truculencias como las de cualquier otro personaje de ficción. Aquí no se dice de qué partido es o se inventa uno para la ocasión. Es un paso que muchos guionistas estamos deseando.

- «Cuéntame» ha sido de las más atrevidas en ese sentido.

Sí, como jugamos con cosas que ya han ocurrido, podemos permitirnos el lujo de decir: esto es lo que pasó. Ahí sí que estamos más tranquilos Y es verdad que «Cuéntame» ha pasado en una cadena pública con varios gobiernos distintos y no ha habido nunca presiones. Ha habido como un acuerdo de que era una serie respetuosa y representativa y no había que tocarla. Se preocupan más por cosas como que los personajes no vayan en moto sin casco.

- Lo de la duración de los capítulos sigue siendo un mal de nuestra industria.

Sí, es un tema comercial nuestro. En la televisión pública, que no tiene publicidad, son los primeros que podrían romper ese formato. Escribir un capítulo de 70 minutos con las limitaciones de la televisión es complicado. Los segundos actos se hacen interminables y además la inversión no puede ser muy grande para ese relleno extra. Tienen que ser con los mismos personajes. Con todo, se ha aprendido a hacer con soltura y cada vez se nota menos.

- ¿Qué le queda al gremio de guionistas por conseguir en España?

Dentro de las productoras, se sabe de su importancia. Seguimos teniendo una parte del control, porque decidimos qué va a pasar. Con las cadenas, tengo la sensación de que se ha retrocedido en los conceptos de autoría, desde los tiempos en que había series de Mercero o de Armiñán. Las cadenas quieren controlar mucho el producto, lo que es normal, porque es una inversión muy grande, y a veces se agarrota todo el proceso. Quieren bazas seguras y los productos pierden personalidad. El éxito surge luego de lo más inesperado. Echo en falta más libertad porque las posibilidades de éxito luego son las mismas. Ese afán de controlar lo vivimos mal. La pública para eso creo que es mejor, un terreno de más libertad, y ha dejado hacer series como «El Ministerio del Tiempo», ha confiado en el talento.

- Al crecer los niños, hay menos tramas infantiles. ¿Eso es bueno porque las historias son más adultas o más difícil porque pierden a una parte del público?

Creo que las dos cosas. Como escritura, las tramas infantiles pueden quedar impostadas. Somos adultos escribiendo cosas de niños y corres el riesgo de la niñería o de la falsa empatibilidad. Por otro lado, es verdad que la gente lo echa de menos también.

- Para terminar, Ignacio del Moral permite que le hagamos una leve crítica, por el presunto abuso del recurso de las escenas de sueños. Su reacción sorprende, por la honestidad:

«Era una de las señas de identidad, una forma de crear humor, pero la verdad es que algunos coincidimos en eso y en esta temporada el recurso se va a ver reducido. Eran pequeños episodios dentro de los capítulos en los que a los escritores les gustaba dar rienda suelta a sus locuras. Es verdad que a veces salían cosas un poco chirriantes. Creo que ahora no iremos tanto por ahí.
laguiatv.abc.es

La genética del dolor en los personajes

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