20 dic. 2015

Cómo escribir personajes que son más inteligentes que tú

Por Graham Moore
Traducción Gustavo Palacios

Mi momento menos favorito en todo el cine es uno bastante común. Seguramente lo reconocerás en docenas de películas y series en las que hay científicos. Es probable que hasta te hayas reído de él un par de veces. El momento es más o menos así:

Nuestro personaje es un científico de algún tipo. Es un matemático si estás viendo un drama. Es un físico si estás mirando una película de ciencia ficción. Es un biólogo en una película de zombies o un creador de código en un techno-thriller (y es invariablemente un hombre, lo cual es en sí mismo un poco aburrido). Nuestro personaje da un informe, un párrafo relativamente razonable en forma de diálogo técnico. Explica algún punto de giro a otros personajes en la escena, lo que sirve para explicárselo también al público. Él lo lanza con algunas palabras oscuras, de jerga científica que busca la verosimilitud, pero lo que él deja claro es el punto básico y lo convierte en comprensible. Algo del tipo: “Necesitaremos modificar los impulsores si queremos atravesar un agujero de gusano de ese tamaño”, o “Los terroristas están utilizando una clave de 512 bit imposible de hackear con el fin de encriptar la localización del plutonio”, o si no “Viajando al pasado has creado una nueva línea de tiempo en un universo alternativo en el que no has nacido”. Algunas líneas de diálogo de ese tipo. Describe un concepto científico que es al mismo tiempo sencillo de explicar y que literalmente ya ha quedado explicado.

Pero luego, después de que nuestro científico ha terminado, la cámara se vuelve hacia un segundo personaje. Este sería normalmente el amigo de nuestro científico. Es un tipo común. Es el que representa al público en la escena y es el personaje con el que el público se identifica principalmente. Este tipo pone cara de no entender nada  en respuesta al lenguaje técnico del científico y dice la siguiente línea de diálogo:

“Uy, doctor. Hable en cristiano”

Tú sabes de lo que estoy hablando. Has visto este momento en la pantalla, lo has visto en la TV, lo has leído en las novelas. Yo encuentro que este momento es terriblemente condescendiente con el público. Ese momento señala en esencia al espectador que de todo ese palabrerío que ese tipo listo ha estado soltando, nosotros creadores, no entendemos ni una palabra. Más todavía, ni siquiera nos importa. Y tampoco nos interesa entenderlo.

Es un momento más bien cínico de anti intelectualismo. Es una broma que reside en la idea de que solo a algunos geeks asexuados podría importarles lo que dice un científico. Ese momento no trata ni a sus personajes ni a su público con respeto.

Yo sugeriría la idea de que los momentos de razonamiento como estos aún sigan apareciendo en la pantalla es simplemente porque escribir sobre un personaje brillante es terriblemente difícil. Hay una tendencia a derribar la brillantez de un personaje, en momentos como el que describí, más que de enfrentar y abordar su genio. Y esto es porque este tipo de aproximación es infernalmente difícil.
Como escritor, ¿cómo escribes sobre personajes que son más inteligentes que tú? ¿Cómo te haces cargo, ya sea en prosa o diálogo, de la mente de un genio cuando tú mismo no lo eres? ¿Cómo respetas al mismo tiempo la inteligencia del público y la super inteligencia humana de un personaje que es un genio?

He pasado muchas noches de cafeína en sangre lidiando con estas cuestiones cuando empecé a escribir el guión de The Imitation Game. Alan Turing, cuya vida es explorada en la película, fue quizás el genio más grande de su generación. Yo, por decirlo de manera suave, no lo soy. Turing no fue sólo esencial para crackear el código de la máquina alemana “Enigma” durante la Segunda Guerra Mundial, sino que también teorizó sobre lo que sería la computación moderna. Turing no fue solo un gran botánico que producía su propio fertilizante, sino que también desarrolló un algoritmo que le permitía descubrir cómo las cebras consiguieron sus rayas.

La suya fue una mente que estaba lidiando constantemente con ideas, sino sintetizando la información del mundo y procesándola bajo la forma de teorías, conjeturas y experimentos. Él no podía parar de pensar aunque quisiera, lo cual –afortunadamente para nosotros- no dejó de hacer. Para reflejar una mente así en la página y en la pantalla, había de por medio un trabajo que era al mismo tiempo un desafío terrible y una responsabilidad sagrada.

Una aproximación posible habría sido convertir su diálogo en una jerga altamente técnica. Hacerle hablar en medio de densos e impenetrables algoritmos. El problema con esto hubiera sido que se habría convertido en incomprensible para el público. Un espectador no se hubiera encontrado dentro de la mente de Alan Turing; más bien se habría sentido excluido. No habría entendido nada sobre los pensamientos de Turing, ni hubiera experimentado ninguno de ellos como propio. Hubiera creado la impresión estética de inteligencia –o cómo podría sonar la inteligencia matemática- pero no hubiera permitido al espectador penetrar en las ideas únicas e históricas de Turing. Un recitado duro de conceptos matemáticos no habría hecho justicia artística al legado de Turing.

Afortunadamente, yo no era la primera persona que intentaba solucionar este tema. Y lo que me di cuenta es que si quieres escribir sobre un genio, el mejor lugar para buscar inspiración es en el trabajo de alguien que creó el más importante genio ficcional de de todos los tiempos. Alguien que, en 56 cuentos y cuatro novelas, consiguió un genio tan único que ha sido revivido en libros, en películas, en series, en obras de teatros, por más de cien años. Para decirlo: yo encontré mi inspiración en el trabajo de Sir Arthur Conan Doyle.
Cuatro años atrás, publiqué una novela sobre Conan Doyle. Se llamaba The Sherlockian, y fue el tipo de obra escrita que les pasé a los productores de The Imitation Game para convencerlos de que me dejaran ir para adelante y atrapar la historia de Turing (que yo la quisiera realizar y hasta la hubiera escrito gratis, fue probablemente un muy buen argumento de venta). Y se me ocurrió que mientras el personaje ficcional de Conan Doyle  no era para nada como Alan Turing — los dos hombres tenían personalidades completamente diferentes y maneras muy distintas de mirar el mundo —, Conan Doyle había hecho el trabajo superlativo de convencernos de la brillantez de Holmes. Entonces, ¿cómo lo había hecho?

Ahora, la primera cuestión para resaltar en la relación entre Conan Doyle y Holmes es que no era amigable. Conan Doyle despreciaba a Holmes. Él se lamentó por haber creado al personaje casi al mismo tiempo en que lo hizo. Cuando la primera historia de Holmes fue publicada, Conan Doyle se encontró sorprendido frente a la popularidad masiva y repentina de su personaje. La ficción más “seria” de Conan Doyle era ignorada, mientras que el público pedía más donde él sentía que estaba ofreciendo misterios baratos y manipuladores. Pero el público continuó elevando las historias y Conan Doyle fue incapaz de resistir los enormes cheques que recibía por su creación. Él siguió escribiendo y su público comprando, y mientras tanto se quedaba sin argumentos. La popularidad de Holmes reemplazaba la suya.  No era su nombre el que estaba en boca de todos. Era el de Holmes. En algún momento la madre de Conan Doyle le escribió una carta preguntándole si le firmaría la copia de un libro para una amiga suya. Conan Doyle escribió que no tendría problema en hacerlo. A lo cual su madre le pidió si no le molestaría firmarlo como “ Sherlock Holmes.”

Parece que la madre de Conan Doyle apreciaba a Holmes mucho más de lo que lo apreciaba a él.

Eso sólo consiguió aumentar la antipatía de Conan Doyle hacia el público de “campesinos brutos” que compraban esos cuentos. ¿No sabían que todo era un truco? Holmes no era un genio de verdad. Había sido inventado.
Así fue que Conan Doyle escribió un cuento muy corto en el que intentó hacer evidente el “truco” en las historias de Holmes. Realizó una parodia de su propio trabajo para mostrar que él se daba cuenta de cuál era la broma oculta en Holmes, aunque nadie más se hubiera dado cuenta de ella. El cuento se llamó “Cómo Watson entendió el truco” y no fue publicado como parte del canon ficcional de Holmes (pueden encontrar el cuento aquí). Algunos estudiosos encuentran el cuento como una broma amable y afectuosa sobre Holmes, pero para mí es una burla profunda sobre las técnicas literarias que usó para crear al personaje. Se lee como si hubiera sido hecho a la medida como para enojar a los fans. Con lo único que puedo comparar esto es con el final de Los Soprano, quizás por la manera en que la meta narrativa castiga a su público por el hecho de disfrutar de la forma en que se construye la ficción que por disfrutar la ficción misma.

La historia comienza con Watson y Holmes sentados en uno de sus típicos desayunos. Watson le lanza a Holmes una mirada de curiosidad: 

“Estaba pensando lo superficiales que son estos trucos tuyos”, dice Watson, “y qué maravilloso es que el público continúe mostrando interés en ellos”.

Holmes se muestra de acuerdo con la observación de Watson. “Tus métodos,” dice Watson, “son muy fáciles de conseguir.”

“¡Sin duda!” responde Holmes, y luego desafía a Watson para que lo intente.

Watson muerde el anzuelo. Él mira a Holmes arriba y abajo, y hace una serie de deducciones holmesianas sobre lo que Sherlock ha estado haciendo. Él puede deducir que Holmes estaba realmente preocupado cuando se levantó; que no había conseguido resolver un caso reciente; y que le había ido realmente bien en los mercados financieros. Watson determina todo esto a partir de la manera en que Holmes se ha afeitado, de un sobre que vio sobre la mesa del desayuno,  y por el estado en que se encontraba el periódico de la mañana, respectivamente. Es un perfecto momento holmesiano: Watson observa una cantidad de pequeños detalles que el lector naturalmente ignoraría, y a partir de estos pedazos sueltos de información realiza una serie de brillantes deducciones.

Sólo que, en este cuento, hay un giro: Watson está completamente equivocado respecto de cada una de sus inferencias. Así que para avergonzar tanto a Watson como al lector, Holmes muestra cómo cada uno de los detalles que Watson ha observado puede ser explicado de manera totalmente diferente. El hecho de que Holmes no se haya afeitado bien no significa que estuviera preocupado, significa que ha perdido su cuchilla. Y así con todo. El mismo grupo de observaciones mundanas puede ser visto de infinidad de maneras, para crear un número infinito de deducciones. Por lo cual, ¿cuál es la correcta?

El punto de la historia, yo sugeriría, es que todo es azaroso. Conan Doyle pone los logros a favor de Holmes, por decirlo de alguna manera. Cualquiera que se encontrara en los zapatos de Holmes, cualquier lector, alguien incluso tan brillante como Holmes, podría realizar un número similar de inferencias que tuvieran las mismas chances de ser correctas. Todo lo que Conan Doyle tiene que hacer como Dios de este universo ficcional, es deslizar a Holmes los correctos por debajo de la mesa.

Entonces, ¿qué podemos aprender de esta explicación burlona de Doyle sobre sus propios métodos? ¿Cómo podríamos aplicarlos, tal y como lo diría Holmes? Yo sugeriría que la lección aquí es la apertura: dale al público toda la información. No te quedes con nada.

El gran descubrimiento de Doyle es que la inteligencia no es la acumulación de datos. Es sobre decidir lo que esos datos significan. Holmes tiene a su disposición las mismas herramientas que tú tienes. Prácticamente nunca tiene información que tú no conozcas. Él solo mira a la información que está compartida y ve cosas que tú no verías nunca. Una analogía se podría encontrar en el juego de póker Texas Hold ’Em, para cualquier lector que lo juegue (Yo juego un montón). El truco del juego es que en algún sentido no estás jugando con las cartas de tus oponentes, estás jugando con las cartas de tu comunidad. El juego real no es lo que el público sabes y tú no; o lo que tú sabes y él no. Está en lo que los dos saben, pero tú descartas por fijarte en otras cosas.

Doyle no retrata el genio en la manera de di-eso-otra-vez-en-cristiano. Su momento de genio no te hace pensar: “Sólo un geek podría pensar eso alguna vez”. Doyle hace que el lector piense: “Dios, ¿por qué no pensé en eso yo?”

Y esto es una de las cosas que encontré tan gratificante al escribir sobre  Alan Turing: que tratar de reflejar su inteligencia en la pantalla fue un acto de democratización. Que abrir su mente única en la pantalla era para dejar que otra gente penetrara en ella. No para dejarlos fuera de ella. Que el genio consiste en compartir inteligencia, no en aislarla. Todos nos encontramos en este negocio de la inteligencia, en un sentido.

Como muchas historias, esto termina en una extraña circularidad.

Mi primer libro fue sobre un novelista genio: Arthur Conan Doyle. Luego escribí una película sobre un genio matemático: Alan Turing. Haciendo así yo usé el genio de Conan Doyle como inspiración. Y luego, después de 5 años y muchos giros de Hollywood que podrían ser el tema para un artículo o dos, finalmente conseguimos hacer nuestra película sobre Turing. ¿Y quién fue el actor que finalmente se instaló frente a las cámaras para traer a la vida a Turing? Fue Benedict Cumberbatch, un actor que venía de representar a Sherlock Holmes.
Un día, todos estábamos en el set de filmación. Estábamos rodando una escena más bien técnica, que se relacionaba con el tema de la máquina Enigma y algún que otro diálogo sobre matemáticas. Justo antes de que las cámaras empezaran a filmar,  Benedict me llamó y me dijo que pensaba que yo había cometido un error. Estaba avergonzado, por supuesto, y le pregunté cuál era el error que yo había cometido. Entonces él comenzó un largo y altamente técnico monólogo sobre las matemáticas detrás de las máquinas Enigma y cómo los rotores de la máquina están conectados. ¿Estábamos describiendo un Enigma de tres rotores o un Enigma de cinco rotores? ¿Cuántos enchufes para cables usaba la marina alemana en ese punto de la guerra? ¿Podía tener el número referenciado en la línea de diálogo tener 18 o 19 ceros? ¿Había un error en la multiplicación?

Los dos fuimos una y otra vez, cada uno tratando de hacer las cuentas en nuestras cabezas. Finalmente, mientras él explicaba su razonamiento, que incidentalmente resultó ser el correcto, tuve que pararlo por un segundo mientras trataba de seguir su pensamiento. Entonces balbuceé:

“Espera, Ben. Dime eso otra vez.”
medium.com
Lee Yo maté a una guionista

14 comentarios:

  1. Excelente, pero no está el link para el cuento “Cómo Watson entendió el truco” que dices que se puede leer "aquí".

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  2. Gracias! Nos pasan el link del cuento por favor?

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  3. Ahí esta!! :)
    http://www.sherlockian.net/acd/thetrick.html

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  4. Magnífico artículo, gracias por la traducción.
    El enlace del cuento "Cómo Watson entendió el truco" está correcto. Para una versión en castellano:
    https://goo.gl/NiKgWD

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  5. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  6. Sumamente interesante y muy acertado, siempre me molestó que simplificaran demasiado las cosas para el espectador, no solo las hacian digeribles, sino que las volvian como "La Explicacion cientifica para dumies". Gracias por compartirlo.

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    1. Hay una delagada linea entre entretener/enseñar/tratar como tonto al espectador...

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