22 oct. 2015

Reseña del libro de guión "El espectador es el protagonista", de Daniel Tubau

Por José María Aresté
Aunque tiene su lógica, el título de este libro no resulta demasiado obvio, pues a la postre se trata de un manual de guión, donde el autor, especialista en la materia y profesor en universidades como las madrileñas Carlos III y Juan Carlos I, subraya que a la hora de contar historias es esencial poner el foco en el destinatario final, o sea, en el espectador. De modo que la aportación principal de Daniel Tubau, con respecto a la abundante bibliografía sobre la materia, es cambiar un tanto el punto de vista, se trata de que el guionista no se enrede demasiado en estructuras, plantillas y demás zarandajas, que pueden llegar a convertirse en tupida hojarasca que impide ver el bosque, o sea, el hecho de que las historias se escriben y se ruedan para alguien. En realidad nadie se olvida absolutamente de esta realidad, pero en la práctica y en parte sí ocurre con bastante frecuencia.

A tal respecto, está bien traído a colación el ejemplo del guión de El show de Truman, escrito por Andrew Niccol. En efecto, la trama de esa película, el protagonista de un reality que no sabe que lo es, y que con sus compañeros de existencia son sólo actores, permite observar varios niveles de realidad, de modo que lo que cree Truman que le está pasando, es diferente de la percepción que tienen los espectadores del programa, que se ve en todo el planeta. La tesis del autor es que centrarse demasiado en los personajes de un film, y dejar fuera al espectador, puede ser, por parte del guionista, un error de campeonato, y que de hecho muchos profesionales han malogrado en parte su trabajo por ese mal hábito.

Por supuesto, Tubau no pretende echar por tierra los libros de muchos gurús de guión –aunque desde luego, osa cuestionarlos–, que con esquemas de diverso tipo –la estructura en tres actos, los 22 pasos, la concepción del viaje del héroe, etc, etc–, dan una guía para aspirantes a o veteranos guionistas, que buscan consolidar férreamente sus ideas creativas. Pero advierte, y acierta, que ver las películas con el canuto del interrogante ‘¿cuál es la estructura?’, puede hacer caer en el peligro del encorsetamiento y la rigidez, aparte de que no todas las historias se pueden meter fácilmente en un cajón clasificatorio. El ejemplo de un enmascarado que muestra su rostro avanzado el metraje de un film, es muy gráfico, pues no responde a la idea clásica de transformación del personaje, pero lo que sí cambia es la percepción del espectador. Y es que, aunque muchas veces el público se identifica con el protagonista, y por tanto pensar en el público es pensar en ese personaje, no siempre ocurre así, y hay que tenerlo en cuenta. De todos modos, y para despejar cualquier duda, en el último tramo del libro, y presentados por orden alfabético, se exponen alrededor de medio centenar de recursos narrativos que tienen en cuenta específicamente al espectador.

Muchas ideas apunta el autor donde el espectador se convierte ciertamente en protagonista al que dirigirse y manejar, hasta con la mirada filosófica kantiana, los personajes y la realidad que no se agotan, cada persona se hace una particular idea de lo que sucede a su alrededor, algo que debería ocurrir también en los guiones, y que Tubau piensa que sucede en aplaudidas series televisivas como Mad Men de Matthew Weiner. En cualquier caso el planteamiento protagónico del espectador siempre ha seducido a los cineastas, como es natural; por supuesto a los productores, que piensan que así ganarán dinero a espuertas, pero también a directores que justificaban su obra diciendo que rodaban las películas que les gustaría ver como espectadores, el caso de Steven Spielberg.
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