13 sept. 2015

"Yo soy quien decide qué va y qué no va en la historia": entrevista a Guillermo Arriaga

Por:  JUAN PABLO CASTIBLANCO RICAURTE
Cuando Guillermo Arriaga y Alejandro González Iñárritu comenzaron a hacer la épica Amores perros (2000) –una de las películas que marcaron el curso del nuevo cine mexicano e inyectó una nueva energía a la cinematografía latinoamericana–, ambos eran unos novatos en la industria. Arriaga, el guionista (aunque poco le gusta que se use ese término para su oficio, pues en alguna entrevista explicó que “escritor es el que tiene un mundo que entregar en la obra de cine y guionista es el que escribe una guía y supedita su imaginación a la de otros”), era redactor de artículos para un periódico infantil, y hacía trabajos para radio y televisión. González Iñárritu, el director, solo había hecho comerciales y cortometrajes. La historia había surgido de un par de novelas inconclusas de Arriaga que no cuajaban hasta que se convirtieron en un proyecto cinematográfico.

Este primer golpe que conquistó a la crítica y al público, que fue premiada en Cannes y nominada a mejor película extranjera en los Premios Óscar, no fue un accidente. Para redondear su faena, el dúo creativo completó su “Trilogía de la muerte” con 21 gramos (2003) y Babel (2006), engalanadas con las estrellas de primer nivel de Hollywood, y se consolidó como parte de una gran generación de cineastas mexicanos con Alfonso Cuarón y Guillermo del Toro.

Arriaga y González Iñárritu pasaron de trabajar con jóvenes figuras locales como Gael García Bernal, a trabajar con actores como Naomi Watts, Sean Penn, Cate Blanchet o el propio Brad Pitt, que rechazó un papel en Los infiltrados, de Martin Scorsese, para participar en Babel.

Riguroso, disciplinado y obstinado, Arriaga es creyente furibundo de la religión de la escritura y la narración. Nunca hace adaptaciones de historias de otras personas y en paralelo a su carrera en el cine ha publicado cuatro novelas (Escuadrón Guillotina en 1991, Un dulce olor a muerte en 1994, El búfalo de la noche en 1999 y Retorno 201 en el 2006; de este último surgió el cuento “En defensa propia”, historia que su propia hija Mariana adaptó este año para hacer su cortometraje de tesis y que acaba de ser seleccionado en el Festival de Venecia). Sostiene que dentro de la producción de un largometraje el oficio del guionista está a la par del director, y esta defensa a ultranza de su oficio fue la que le costó el divorcio creativo de González Iñárritu al final del proceso de Babel, ya que este último se quejó de una excesiva intromisión por parte de Arriaga. Esto no significó el final de la carrera de ninguno (pero sí su radical distanciamiento, al punto que preguntar sobre esta relación es casi un tabú), sino más bien definió que unos años más tarde, con Lejos de la tierra quemada (2008), Arriaga tomara el control total de una película y debutara como guionista y director con una historia femenina inspirada en un incendio que vio cuando era niño. El elenco de este primer lance reunió nada más y nada menos que a Kim Basinger, Charlize Theron (para quien escribió específicamente el papel) y a una joven y desconocida Jennifer Lawrence, que en el momento del casting apenas tenía 17 años, pero quien para Arriaga ya era “la Meryl Streep de su generación”.

Las historias de Arriaga están atravesadas por elementos constantes como la cercanía a la muerte (o la brevedad de la vida) y la inevitable semejanza entre el comportamiento humano y el animal. La materia prima de estos relatos no es otra que la vida misma de este nacido en Ciudad de México en 1958, que ha visto la muerte de cerca en tres ocasiones. Cuando tenía diez años, un hombre de 26 lo golpeó varias veces en la cara con un bate de béisbol porque el hermano de Arriaga había salpicado a la hermana del agresor con el agua de un charco. Años más tarde, el auto en el que viajaba se salió de la carretera y cayó por una pendiente de diez metros, y cuando tenía 23 años sufrió una infección en la membrana de su corazón. Es decir, sus historias son testimonios de una vida efímera, trágica y fluctuante.

Siguiendo su línea de usar el cine como espacio para contar historias de vida, actualmente se encuentra realizando y promocionando la serie de cuatro largometrajes “El palpitar del mundo”. Junto a los productores Alex García y Lucas Akoskin está liderando una serie de filmes que convocan a los directores más reputados del mundo a que realicen cortometrajes que giren alrededor de temas como drogas, identidad sexual y política. Paradójicamente, a pesar de su conocido ateísmo, la primera entrega de esta saga se llama Palabras con los dioses (2014). Fue curada por Mario Vargas Llosa y cuenta con la participación de nueve cineastas, incluidos Álex de la Iglesia, Mira Nair, Emir Kusturica y el propio mexicano, que plasmaron su visión sobre el cruce entre cultura, religión y espiritualidad.

Este aficionado a la cacería desde que era niño, abstemio y exfutbolista, ganador de un premio en Cannes 2005 a mejor guion por Los tres entierros de Melquiades Estrada (dirigida por Tommy Lee Jones), y nominado a un Óscar por el guion de Babel habla sobre su forma de ver el cine.

¿Recuerda cuál fue la primera historia que escribió siendo un niño?

Desde niño me gustaba mucho contar historias. Siempre he entendido el mundo a partir de la narrativa, siempre recuerdo contarlas, haber querido ser escritor y director desde chiquito. Escribí algunas historias a los doce o trece años y teatro cuando tenía catorce. En mi escuela secundaria la materia de teatro era obligatoria, entonces teníamos que leer a Shakespeare y a los griegos y montarlos, dirigirlos, producirlos y actuarlos. Eso me ayudó muchísimo. Escribí una obra, la ensayamos, pero nunca la
montamos.

¿De qué trataba?

Era de un tipo que condenaban a muerte. Estaba en su celda esperando a que lo mataran. La terminé y la ensayamos durante muchos meses, pero, unos días antes del estreno, mis compañeros me dijeron que si no cambiaba el final no la hacían y les dije: “Pues no, no cambio el final”, y no la hicimos.

¿Qué les molestaba del final?

Lo que pasa es que al final se mostraba que todo era una broma hacia el tipo que iban a fusilar para darle una lección. Pero mis amigos insistían en que lo mataran. Discutimos y les dije que si no era como yo quería, prefería que no. Ellos alegaban que llevábamos meses ensayando, pero no me importó.

¿Ha vuelto a pasar bajo esa situación en la que le piden que cambie el final de su historia?

Últimamente no. Cuando he tenido que trabajar con otro director siempre he dicho que soy quien firma la historia, no él, y punto. Por eso soy quien decide qué va y qué no va.

¿Nunca ha tenido que dar concesiones?

No. Hay una regla muy importante que he aprendido en este negocio y es que se puede conciliar, pero nunca conceder.

¿Cómo es el ejercicio de la conciliación cuando usted es el escritor y otro es el director?

Es importante escuchar a otros. No resulta conveniente encerrarte en tu punto de vista o creer que solo tú tienes la razón. Escuchar lo que dicen amigos, la gente que te quiere y tus colaboradores. Hay veces en que el actor te hace algunos comentarios, incluso hasta el fotógrafo, obviamente el productor, incluso los editores. Pero al fin y al cabo el responsable de la historia eres tú. Tú eres el que la firma y por eso tienes que estar ahí.

Cuando trabaja con un director, ¿supervisa todos los procesos de la película hasta su edición final o lo abandona en un punto?

En todas mis películas he estado de manera muy cercana, con excepción de Babel. No es supervisando, sino colaborando. La palabra “supervisar” suena a jefe. Es un trabajo de colaboración, porque colaboro en todos los procesos, desde el casting hasta la edición y la musicalización.

¿Cuál ha sido el mejor contador de historias que ha conocido?

Hay varios. Por supuesto García Márquez, Juan Rulfo, Martín Luis Guzmán, Pío Baroja, William Faulkner, Shakespeare, los griegos, Sófocles, Esquilo, Eurípides, los rusos, Dostoievski…

¿Y a un nivel más familiar?

Mis papás tienen una propiedad rural y la persona que se hacía cargo era un viejo al que le decíamos “Moi”, Moisés Galicia, él era un gran contador de historias. A él lo oía cuando era ya adolescente, tendría yo unos 18 o 19 años.

México siempre ha sido un país con una gran tradición cinematográfica. ¿Cuál es su primer recuerdo viendo cine?

Crecí viendo mexicano, pero no el que ven en Colombia. No vi películas de Pedro Infante o de Cantinflas, sino que crecí con las de Felipe Cazals, las de Arturo Ripstein, las de Beto Bohórquez, las de Marcela Fernández Violante o las de Jorge Fons, no con las del llamado Cine de Oro Mexicano, que incluso hasta lo veo distante. Para mí las películas de los finales de los sesenta y principios de los setenta fueron las que vi y con las que crecí. El otro cine ya no lo pasaban sino en la televisión y nunca me llamó la atención. No era lo que me volvía loco ver, los charros cantores nunca fueron mi pasión.

¿Quién lo llevaba a cine?

Cuando era niño obviamente me llevaban mis papás y mi abuelita, que vivía con nosotros. Íbamos a un cine del barrio que se llamaba el Cine de la Viga, donde pasaban tres películas por tres pesos con permanencia voluntaria. Estábamos toda la tarde ahí.

Amores perros es una película que marcó un hito muy importante del nuevo cine mexicano y latinoamericano. ¿Qué recuerda de ese boom alrededor de la película?

Pues obviamente una enorme alegría de que sucediera así. Yo sí creía que entre manos teníamos algo importante. Desde la historia escrita ya se causaba cierto revuelo. Es como cuando tienes un equipo que crees que le va a ir bien en el mundial, pero de ahí a ganar hay una enorme distancia. El día que anunciaban las nominaciones nos levantamos a las siete de la mañana a ver si estábamos y lo vi directamente en televisión. Para Cannes me llamó Marta Sosa, la productora, para contarme que habíamos sido seleccionados en la Semana Internacional de la Crítica.

¿Se siente más afín a alguna de esas dos “instituciones” del cine, Cannes o la Academia?

No, yo me siento muy contento de poder hacer una obra que pueda ser apreciada en ambos lugares. No cualquiera tiene un premio en Cannes y al mismo tiempo un Óscar. Casi siempre están divididos. A mí me da una enorme alegría que mi trabajo sea reconocido en ambos lugares.
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