15 sept. 2015

Dalton Trumbo, el genio amordazado

Bryan Cranston, en un fotograma de 'Trumbo', de Jay Roach, estrenada en el festival de cine de Toronto.

«Fue un tiempo de maldad, y ninguno de quienes sobrevivimos salimos indemnes. No tiene sentido buscar heroes y villanos o santos y demonios porque no hubo. Solo víctimas», declaraba en 1971 el guionista Dalton Trumbo, prueba viviente del precio que puede llegar pagarse en Hollywood por tener más valores que la taquilla y la búsqueda del Oscar.

Trumbo fue uno de los guionistas de más éxito en Estados Unidos en los años 40, hasta que la caza de brujas -la persecución que el Senado y Hollywood impusieron sobre aquellos profesionales  que habían coqueteado con el comunismo- lo convirtió en un paria, económicamente arruinado y socialmente marginado. Su historia sin duda merece ser recordada porque habla sobre «hasta qué punto invaden nuestra privacidad quienes nos gobiernan», explica

Bryan Cranston, que en el biopic Trumbo, dirigido por Jay Roach y recién estrenado en el Festival de Toronto, retrata al escritor como un garante de la libertad de expresión que decidió poner su carrera y su vida en peligro para defender sus principios.

Trumbo, que había ingresado en el Partido Comunista en 1943 cuando la Unión Soviética era aliada de Estados Unidos y los horrores del estalinismo aún no habían salido a la luz, pasó 11 meses en prisión por desafiar al Comité de Actividades Antiamericanas, al negarse a delatar a otros colegas que compartieran sus creencias. Según el protagonista de Breaking bad, su caso «es un emblema de toda la gente que ha sido oprimida a lo largo de la historia, de los afroamericanos a los gais, y que lo sigue siendo». Al salir de la cárcel, tanto él como muchos compañeros fueron vetados por los grandes estudios.

Pese a ello, Trumbo siguió trabajando sin descanso, viviendo de forma anónima, cobrando salarios irrisorios y usando hasta 13 seudónimos. Dos de los guiones que escribió en esa época ganaron sendos Oscar -por Vacaciones en Roma en 1954 y El bravo en 1957- que, por supuesto, no fue a recoger. Finalmente, volvió a recibir crédito por su trabajo cuando Kirk Douglas, protagonista y productor de Espartaco (1960), y Otto Preminger, director de Éxodo (1960), ignoraron la lista negra. «Si Hollywood se hubiera mantenido unida como los esclavos en Espartaco la caza de brujas podría haberse evitado. El miedo nos convierte en cobardes y soplones».

FALTA DE SUTILEZA / Mientras rememora a su héroe trabajando en la bañera, tecleando su máquina de escribir con un whisky en una mano y un cigarrillo en la boca, el Cranston de Trumbo se instala en el exceso. «Era un hombre muy teatral», se disculpa el actor. La misma falta de sutileza lastra al filme en su conjunto a pesar de que no evita mostrar las sombras del personaje

-sus ínfulas de superioridad moral, su tendencia a hablar como un radical mientras vivía como un burgués-.

Jay Roach -más conocido por la saga Austin Powers- usa los diálogos exclusivamente para ondear ideologías, al tiempo que desaprovecha la ocasión de satirizar la hipocresía y la paranoia de la época en pos de una narración encorsetada por la linealidad cronológica, y por una factura de telefilme, que aniquilan el drama.

Es probable que Trumbo no estuviera contento con Trumbo, y en realidad de eso se trata. «Voltaire dijo: no estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo, y esa es la idea de la película», explica Cranston. «Habrá gente de derechas que nos criticará por haberla hecho, y estaré encantado de que lo hagan».

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