24 ago. 2015

Lee "Memoria" un excelente relato de Javier Olivares (Isabel, El ministerio del tiempo)

Ilustraciones: Eduardo Estrada
Dios creó la memoria para que recordáramos quiénes somos. El hombre inventó el olvido para no sufrir. Luego, alguien compró el olvido y encargó a un experto en publicidad y branding que buscara un nombre para el producto. Decidió que se llamara “memoria”. Luego, lo puso a la venta. Ahora, todos creemos que consumimos memoria cuando, en realidad, es olvido.

El principal efecto que causa este producto es hacernos creer que hemos sido testigos esenciales del mundo, protagonistas de nuestras vidas. Es mentira: en realidad no pasamos de ser actores secundarios o mera figuración sin texto. Por eso fabulamos que somos otros: para sobrevivir. Entre medias, nos apuntamos al gimnasio cada enero. Coleccionamos miniaturas cada septiembre. Ocupamos las tardes de los domingos viendo a nuestro equipo preferido. Un día antes, llenamos los híper comprando algo que necesitamos y mil cosas que no. Y así pasan los días y así pasan los años. Y nosotros soñando que quizás, quizás, quizás…

La vida, en realidad, es otra cosa. Pero no nos damos cuenta. A veces, cuando dejamos de consumir el producto, la vida se cuela entre los resquicios de nuestra mente, un rayo nos ilumina y estamos a punto de caer del caballo. Una canción nos apuñala por la espalda desde la radio. O paseando por la calle, sentimos que nos falta el aire, al percibir un perfume que nos recuerda días más felices. Entonces, buscamos entre la multitud el rostro de quien algún día amamos. Y la gente nos mira como bichos raros. Entonces, dejamos de buscar y miramos el reloj disimulando. O fingimos que alguien nos llama por el móvil. Y seguimos andando. Para parecer normales.

Al llegar a casa, aún aturdidos, ponemos la televisión. Ahí se nos suministra la siguiente ración de olvido. Los informativos nos entretienen con vídeos de YouTube. También podemos ver tertulias. Antes, hablaban de la vida de los famosos. Luego se inventaron ellos mismos los famosos. Después los llevaron (a unos y a otros) a una isla o a una casa aislada para que los viéramos sufrir y así saber que nuestra vida es más feliz. Ver gente tan imbécil te hace sentir más inteligente. Y más normal.

Si no nos gusta ese espectáculo, hay otros. Tertulias sobre fútbol en las que nadie habla de fútbol. O de política donde poco se habla de política. O series donde el terror es agradable, la comedia es agradable, los policiacos son agradables y descubrimos que vivir en la posguerra puede ser la cosa más agradable del mundo. Y que nuestros reyes del pasado nunca hicieron tropelías desde que son protagonistas de series. Porque lo importante es el amor, que todo lo puede. Luego nos vamos a la cama. Y nuestros sueños se convierten en dramedia.

Yo vivía cómodo en este limbo ajeno a las pasiones más desenfrenadas, los sueños no cumplidos, los amores no correspondidos y las pérdidas irreparables. Pero todo cambió hace apenas dos meses. Un antiguo compañero de colegio me envió un privado por Facebook. En él, se adjuntaba una fotografía de la orla de cuando estudiábamos COU. Curso 1975-1976. Allí estaba yo con 16 años, aún con mil recuerdos que construir antes de que nuestra memoria fuera borrada. De repente, todo cambió. La verdad me fue revelada. Ahora, he de comunicarla al mundo.

Me llamo José Javier Zurilla Lozano. Tengo 55 años, estoy separado y no tengo hijos. Ahora, además de saber mi nombre, mi edad y mi estado civil, sé quién soy. He recuperado mis recuerdos. Los de verdad.

Y son una mierda.

Hay quien cree que no es posible viajar por el tiempo. O que, si es posible, hace falta una sofisticada tecnología. O magia. No es verdad: solo hace falta una foto. Y en la orla había muchas. Allí estaban Pablo, Carlos, Manolo, Paco, Ana, Isabel, Vicky… Y yo, que tenía 16 años en 1976.

Aquel curso fue especial por dos cosas. Una, que era la primera vez que había chicas en el colegio. Dos, que antes de Navidad, murió Franco. De política, eso sí, apenas se hablaba. Ni en el colegio ni con mi familia. Pero yo veía el miedo en los ojos de mi madre. En los de mi padre, no. Apenas paraba por casa. Ni firmaba mis notas. Solo fue una vez al colegio cuando se enteró que me habían pegado. Yo tenía diez años. No sé que le dijo al padre José María (hay nombres que no se olvidan) ni al director del colegio. Solo sé que, a la salida de la reunión, ya en la calle, se encendió un cigarro al más puro estilo Bogart. Luego me miró a los ojos y me dijo:

–Tranquilo, Javi. Nadie te pondrá más la mano encima.

Así ocurrió. Era un hombre de palabra.

Yo no era consciente de lo que suponía la muerte de Franco. No entendía que si había hecho tanto daño, pudiera llegar a viejo y morir en una cama. En mi barrio, quien la hacía, la pagaba. Tampoco pensé mucho en ello. En realidad, estaba más preocupado por heredar los Levis (auténticos americanos) que mi hermano mayor había conseguido de un amigo cuyo padre trabajaba en la base de Torrejón. Se tenía que tumbar en la cama para abrochárselos de lo estrechos que eran. De él heredé (por fin) los pantalones y el gusto por los Moody Blues y los Kinks. Ray Davies y los suyos habían actuado en Madrid en mayo de 1966. Habían pasado diez años y en la bodega del barrio todos hablaban aún de aquel momento como el más importante de sus vidas. Para muchos de ellos, los que han sobrevivido a la heroína y al sida, aún sigue siéndolo.

De mi hermana heredé la pasión por los libros. Pasé de Silver Kane y Keith Luger a Kafka y a Cortázar. A éstos últimos, no creo que por entonces los entendiera del todo. Pero todo va calando y por falta de empeño no iba a ser. Luego vinieron Borges, García Marquez, Vargas Llosa… Descubrí que la mejor literatura viva en castellano no era española. Pensé que a lo mejor tenía que ver con la dictadura.

Una noche, mi hermana llegó llena de moratones. Apenas podía andar. Venía de una manifestación para pedir la libertad de los presos políticos. Los grises la habían molido a palos. Estuvo una semana en cama. Al año siguiente, me pegaron a mí en plena Gran Vía en otra manifestación. Salimos a protestar por la muerte de un compañero de clase. Unos tipos de la ultra derecha le reventaron la cabeza en el Retiro con unos bates de beisbol. En esa manifestación, un bote de humo disparado a apenas dos metros de distancia impactó en la cara de otra compañera. Lo vi con mis propios ojos. Aterrado, me escondí en un portal. Allí me siguió un antidisturbios. A solas, me dio una paliza mientras me llamaba “bellaco” y “petimetre” (sic). Ahí descubrí que algunos antidisturbios debían leer las aventuras del Capitán Trueno antes de entrar en acción. También, supe qué era la dictadura. Y que seguía viva pese a la muerte del dictador.

Poco después asesinaron a unos abogados laboralistas en su bufete de Atocha. Una abogada se salvó porque, aquella tarde, un compañero le pidió prestado su despacho. Hoy es la actual alcaldesa de Madrid. Alguien que por entonces ostentaba la jefatura del servicio de Publicidad de la Secretaría de Estado de Turismo ahora la llama totalitaria y fascista. Y se erige en defensora de la democracia.

Sin duda, todos modificamos nuestros recuerdos. Lo hacemos para sobrevivir. Pero unos lo hacen más que otros.

Poco a poco fui recordando mi pasado. Descubrí que su banda sonora está llena de canciones de Serrat. Suenan en mi cabeza más a menudo cuando los recuerdos coinciden con rechazos amorosos. O con mi habitual cita en el parque de atracciones con los recitales que daba cada verano. Cantaba en castellano y en catalán. Todo el mundo aplaudía Cançó de matinada o De mica en mica igual que Mediterráneo o Cantares. A los pocos años, de repente, el público empezó a abuchearle cuando cantaba en catalán. No sé que pasó entre medias. Pero me dio mucha pena.

Yo quería ser actor. Pero era muy malo. Luego decidí ser escritor, pero era peor. Mis padres siempre me decían que hiciera lo que quisiera pero que tenía que estudiar una carrera. Mi padre soñaba con que fuera abogado, médico o arquitecto. A cambio, estaba en una compañía de títeres y decidí estudiar Historia. No hubo ni una queja en casa. Mis padres eran de una generación que, sencillamente, quería que sus hijos estuvieran más preparados que ellos. No había dinero. A cambio, sobraba dignidad en unas familias que luchaban día a día porque este país fuera un lugar más amable donde vivir.

En la facultad se organizó un viaje a Londres. Fue mi primera salida fuera de España. Era enero de 1977. El general Villaescusa había sido secuestrado por los GRAPO. El Atlético de Madrid ganó en Bilbao un partido decisivo para llevarse la liga. En Londres, en un hotel enmoquetado hasta el techo (hasta la tapa del retrete estaba enmoquetada) se esperaba a Abba como un acontecimiento. En el bar del hotel sonaban canciones como If you leave me now de Chicago, Margarita de Richard Cocciante o el Don´t cry for me Argentina. En los locales nocturnos, como el 100 Club de Oxford Street, era otra cosa. Allí un grupo punk hacía versiones de Sinatra y Aznavour. A la salida, repartían octavillas que anunciaban un concierto de Sex Pistols.

Por la tarde iba al cine. Vi El último tango en París y Todo lo que quería saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar. Sí, la de Woody Allen. Ambas estaban prohibidas en España. Ahora se lo cuento a mis alumnos y se creen que es ciencia ficción.

En el metro, en la calle, me encontré españoles que se giraban hacia nosotros cuando oían hablar en castellano. Gallegos, asturianos, andaluces, madrileños. Habían ido a Londres para trabajar en los trabajos que los ingleses no querían. Esto ya no les parece ciencia ficción a mis alumnos.

Cuando volví a Madrid sentí que volvía a un lugar oscuro y sin alegría. A un mundo al que no quería pertenecer. De aquel viaje a Londres conservo aún una certeza y una duda. La certeza es que el No Future de los Sex Pistols ha resultado premonitorio. La duda es que, a día de hoy, me encantaría que alguien me explicara qué coño eran los GRAPO.

En una de las historias de la película de Woody Allen, un bufón (él) iba detrás de una bella dama medieval que llevaba un cinturón de castidad. Al final del sketch, encontraba por fin la llave, miraba a cámara y decía:

–Hay que darse prisa. Pronto llegará el Renacimiento y tendremos que ponernos todos a pintar.

Al regresar a España, que avanzaba en su Transición democrática, me dio la sensación de ver algo parecido cuando iconos de la dictadura salían en la televisión como si nada hubiera pasado. Siempre me parecía oírles:

–Hay que darse prisa. Pronto llegará la democracia y tendremos que ponernos todos a votar.


Mi infancia son recuerdos de un patio de Cuenca, la casa de mis abuelos, donde pasé tantos años. Cuando llegábamos en tren, siempre nos esperaba mi abuelo. A 20 metros de distancia, siempre estaba su gato, Rayo. Era grande, gordo y negro como la noche. Nunca entendí por qué le pusieron ese nombre.

En verano me llevaban a la era, a trillar. Luego, con los chavales del barrio, jugaba al fútbol, al bote, al pañuelo o al rescate. Mis amigos me enseñaron que en verano, si había tormenta mejor mojarse que protegerse debajo de un árbol. También me enseñaron a pasear abejas. Primero las cazaban con una caja de cerillas vacía. Luego, hacían un nudo con un hilo, abrían un poco la cajita y, cuando las abejas asomaban -no sé dónde-, las enlazaban y las dejaban salir. Era como poner la correa a un perro. Las abejas volaban un metro por encima de nuestras cabezas atadas al hilo que nosotros agarrábamos con la mano. Seis niños paseando cada uno su abeja. Si García Lorca lo hubiera visto, habría escrito un poema.

Mis abuelos hablaban lo justo, pero nunca tanto silencio dio más cariño. No solo yo les quería. Todos los vecinos les trataban con especial admiración. Una cosa me llamó la atención: el pasado no existía en aquella casa con corral, patio y membrillos. Nadie hablaba allí de él.

Tenían una vieja televisión en casa. Solo se encendía cuando echaban el telediario. Un día dieron la noticia de que el hombre había llegado a la Luna.

–Mentira, dijo mi abuelo delante del televisor.

Mi abuelo bajó a su madre muerta en burro desde la montaña cuando era un niño. Hizo el servicio militar en África. Después vino la Guerra Civil. Montó en barco. En camión. Vio aviones bombardeando sobre su cabeza. Demasiado para una sola vida. No se le podía pedir que su cabeza admitiera una novedad más en forma de cohete.

En aquella Semana Santa del 77, un presidente, que decidió que lo que era normal en la calle lo debía ser en la política, legalizó el PCE. Oímos la noticia en la radio. Ante mi sorpresa, mis abuelos se miraron y sonrieron. Luego me llevaron a la alacena y de un tarro de cerámica sacaron dos carnés del PCE al corriente de pago. Esos dos ancianos apacibles y queridos eran unos clandestinos.

Fui el primero en saber de un secreto que debió seguir siéndolo. Cuando un vecino lo supo, convenció a mi abuelo de que era un truco para que los comunistas escondidos salieran a la luz y detenerlos. Mi abuelo había pasado tantos años en la cárcel en la posguerra que solo con oír la palabra algo se le fracturó dentro. Rompió los carnés. Décadas de ilusión destrozadas por una tijera. No sé por qué he tardado tanto tiempo en descubrir que no hay peor ladrón que quien te roba la memoria. Porque la memoria no es solo una sucesión de hechos personales o históricos. Es la suma de nuestras emociones. Y si nos las quitan, dejamos de ser personas y pasamos a ser solo un número de alguna estadística. Nos convertimos en seres desterrados de nosotros mismos.

Volví a mirar la orla. A mis compañeros y a mí mismo con apenas 16 años en 1976. Y me pregunto si mi generación no vive toda en el destierro. Sin salir de su hogar, pero alejada de sus ilusiones y sus sueños. Somos como un tango: la historia de lo que pudo ser y no fue.


Hay un día en el que cambias sin darte cuenta. Un momento en el que te diste por vencido a cambio de tener un sueldo y una hipoteca. El día en el que dejaste de ser tú. Yo he buscado ese día, pero aún no lo he encontrado. No me ha dado tiempo. Los 70 acabaron rápido y los 80 más aún. Tras cuatro décadas en la que no se podía ser nada, lo fuimos todo en apenas diez años. Heavys, mods, neo-románticos, tecnos, posmodernos, demócratas y escépticos, analógicos y digitales. Ahora no somos nada. Nuestra vida era sólida, pasó a ser líquida y se desvaneció en el aire al mismo tiempo que cambiamos de siglo.

Veía las fotos de mis compañeros de COU e imaginaba cómo podrían haber sido sus vidas. ¿Habrían conseguido ser felices? ¿Estarían bien de salud? Pero, sobre todo: ¿les estaría pasando lo mismo que a mí? Pedí una semana de vacaciones y empecé a indagar uno a uno, por orden alfabético.

Alonso Pérez, Francisco. Era el más bajito de la clase, con un flequillo rebelde e inaccesible para cualquier peine. Quería ser arquitecto. Es aparejador y está calvo. Tiene 5 hijos. Cuando le empecé a hacer más preguntas, me colgó.

Caballero Ramón, Ana. La guapa de la clase. Quería ser modelo. Hoy es una madre de familia que tiene la ilusión de que su hija llegue a modelo.

Cambra Léon, Julia. No la llamé. Fue mi novia y me casé con ella. Me dejó. Tras separarnos, se casó con el abogado que nos llevó el divorcio. Probablemente sea más feliz que cuando estaba conmigo. No debe de ser muy difícil.

Castro García, Carlos. El radical de la clase. Cada recreo era como ir a las barricadas. Trabaja en un partido de derechas como asesor en temas de Estadística. Me dijo que el día que quisiera me explicaba las razones del cambio. No sé si tendré tiempo para ello.

De Diego Antúnez, José María. Nunca tuvo grandes notas, pero era el más inteligente. No quiso ser futbolista, pero jugaba mejor que nadie. Me cogió el teléfono su madre: había muerto hacía 10 años. No supo decirme ni en qué trabajaba su hijo, tan secreta era su vida.

Fernández Paredes, Francisco. Mi amigo de la infancia. Su sueño era dedicarse a la música. Trabaja de policía municipal. Me dijo que no tenía tiempo para gilipolleces.

Giménez Vigil, Pablo. El compañero que siempre estaba pendiente de los problemas de los demás. Todas las chicas suspiraban por él. Pablo era rubio, delgado y absolutamente gay. Hablé con un hermano suyo: me dijo que había muerto de sida en el 89. Aún lloraba al recordarlo. Me preguntó por qué la buena gente se va y los hijoputas llegan a viejos. No supe qué responderle. Yo opino lo mismo.

Llamas Bonilla, Victoria. Era la gordita de la clase. Quedamos para vernos. A sus 55 años está más atractiva que con 16. Delgada, elegante… Trabaja en un banco. Quiso convencerme de que me hiciera un plan de jubilación como único objetivo de la cita.

Martínez Vicente, Isabel. La pelirroja. Siempre me había atraído sexualmente, pero nunca me había a atrevido a proponerle nada. Era hija de un tipo propietario de industrias cárnicas. Quedamos para cenar. Me contó que su padre murió de un infarto (“Normal, pesaba 120 kilos y no paraba de comer chorizos”). Ella se hizo vegana. Tras cenar, la llevé a su casa. Acabamos en la cama follando como locos. Al acabar, se encendió un cigarro y me dijo: “Siempre me habías atraído… Pero nunca me atreví a decírtelo”. Prometimos volver a vernos.

Muñoz Recuero, Antonio. Él me envió la orla. La había enviado a veinte compañeros (de los demás no sabía nada) y solo le había contestado yo. Me explicó que por fin había encontrado una razón para vivir. Estaba analizando desde hacía años los números de la guía telefónica. Estaba seguro de que los alienígenas estaban comunicándose con nosotros a través de ellos.

Ahí, paré. Necesitaba un descanso.

Al día siguiente, seguí llamando. El primero fue Manuel Navarro Molina. Se alegró de oírme al otro lado del teléfono. No vivía tiempos felices. Había heredado de su padre una inmobiliaria. Ahora no tenía ni para pagar la pensión a su ex y a sus tres hijos. “Pero por lo demás, todo de puta madre”, me dijo. Un superviviente.

Cuando iba a llamar a Alberto Pacios Mantecón, sonó mi teléfono. Era él. Quería hablar conmigo urgentemente: por lo de la orla. Al día siguiente me presenté en su casa. Me abrió la puerta su hermana pequeña, Maite. Su cara demasiado seria empezó a preocuparme. Su consejo, también:

–Procura que no se ponga muy nervioso. Últimamente no lo está pasando bien.

Nada más verme, Alberto se giró hacia mí y empezó a hablarme de la memoria y del olvido. De que todo era un complot.

–Todo el mundo mira hacia otro lado y calla. ¿Cómo es posible que quien tiene siempre la Constitución en la boca no votó a su favor y nadie les diga nada? ¿Por qué es la Constitución intocable, si la cambian en un fin de semana para estar de acuerdo con la troika? ¿Por qué hablan de cumplir la legalidad si son ellos mismos los delincuentes?

Yo le escuchaba atento y aliviado: alguien se había dado cuenta por fin del complot. Como yo. Pacios, tras coger aire, siguió hablando:

–La Constitución de los cojones dice que tenemos derecho a una vivienda digna y desahucian a la gente… Dicen que hay más puestos de trabajo y no dicen que son sueldos de esclavos… No podemos socorrer a Grecia, pero sí a los bancos que nos han robado… Hacen leyes mordaza como cuando Franco y no pasa nada… ¿Y los de la nueva izquierda? No me jodas, si son igual que los trotskistas de cuando iba a la facultad. Pura teoría sin ningún plan concreto. Es todo mentira y todos callan. Yo estaba engañado. Pero me di cuenta de todo en cuanto vi la puta orla.

Pacios también había llamado a los compañeros.

–Están todos alienados. Lo único claro que he sacado es que me he tirado a Isabel, la pelirroja.

Maldita pelirroja folladora. Mi ego empequeñeció tanto que habría cabido en el blíster donde guardo las pastillas de la tensión. Pacios empezó a reír de manera desenfrenada. Su hermana entró y le dio unos calmantes. Después, me pidió que me fuera. Camino de la puerta, en la pantalla de televisión, Rajoy decía que “España era una gran nación y los españoles muy españoles y mucho españoles”. Temblé. Él era el típico hombre normal y sensato al que habían votado millones de ciudadanos. Alberto Pacios, un verso suelto. Un loco. Cualquier psiquiatra lo habría certificado.

No sabía qué hacer: si tirarme desde la azotea o irme a dormir. Elegí esto último. Siempre fui un cobarde.

Al llegar a casa, miré la orla en el ordenador. La arrastré hasta la papelera. Luego, me tomé unas pastillas para dormir y me metí en la cama. Nada más cerrar los ojos, volví a ver a mis amigos de la infancia. Cazamos unas abejas y nos fuimos a pasear con ellas.

Para sobrevivir hay que recordar algunas cosas. Pero no todas.

1 comentario:

  1. Es un relato hermoso, muy bien escrito, evocador, lleno de nostalgia. Me ha emocionado sobre todo por la prosa impecable y exacta, sin adornos ni florituras.

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