11 ago. 2015

Lee el relato de la guionista Virginia Yagüe (La señora), ‘Una carta desde Potsdam’

Virgina Yagüe.
Ilustraciones: Elena Odriozola. Premio Nacional de Ilustración 2015
Para Surén.
Leve se mueve el baile de las horas
Sobre los cabellos ya plateados,
Porque sólo al inclinar la copa
Se ve con claridad el fondo.
                                              Stefan Zweig
Aquella tarde Davoud había vuelto a despedirse de ella, pero esta vez lo había hecho convencido de que al día siguiente estaría muerto.

Gerda no había podido hacer nada para convencerle de que, según le había dicho el propio doctor Kreuzmann, todo iba mucho mejor. La supuración de la herida cedía y en el hueco que el impacto de metralla había dejado estaba creciendo un hueso nuevo que, aunque débil, no tenía astillas dentro. Sin embargo, sus palabras de aliento no habían conseguido vencer aquel radical desánimo que había crecido cebado por el dolor físico y el olor nauseabundo de aquel lugar que se empeñaban en llamar hospital. Se había hecho tarde para animar a un marido que se sentía desahuciado y, aunque trató de disimularlo, Gerda se sintió impotente y rabiosa, súbitamente invadida por aquellas ganas de abofetearlo. ¿Es que no veía que no era el momento de rendirse? No podía dejarla sola, ahora que la guerra había terminado, los niños eran demasiado pequeños y todo estaba por reconstruir. Lo observó tendido en el sucio jergón y sintió que ella misma reducía en tamaño, sucia, mezquina y vieja, mientras todo alrededor se hacía demasiado grande y pesado. Todo se complicaba, pero como siempre sucedía en momentos extremos, algo le sacudió por dentro haciéndola reaccionar. Se inclinó, lo besó en la frente y se despidió de él asegurándole que al día siguiente se volverían a encontrar. Él trató de decir algo pero ella ya se había retirado, evitando una última mirada.

Avanzó por destartalado pasillo robando compostura a su espíritu, tratando de no pensar en lo cobarde que había sido en aquel último momento. Le aterrorizaba la idea de llegar al día siguiente, encontrar la cama de Davoud vacía y no contar con un hombro amigo en el que sollozar. Estaba sumergida en su desolación cuando el tacón de uno de sus zapatos vaciló sobre una baldosa saliente y su tobillo se torció en un traspiés ridículo. Se rehízo pero ya era tarde. Demasiados testigos de aquel momento habían colocado en ella sus miradas sorprendidas. Sintió como el rubor se apoderaba de sus mejillas y, contra todo pronóstico y por primera vez en mucho tiempo, recuperaba aquella sensación que había experimentado hace años en los salones de su familia, al ser presentada en sociedad. Recordó al apuesto Davoud, moreno, elegante, exquisito y persa, interesante y desafiante al dedicarle una mirada directa que sintió que la traspasaba y provocaba en ella ese mismo sonrojo que ahora la llenaba. Una reacción inesperada que le hizo emprender camino a casa con energías renovadas y también cierto aire nostálgico que recordaba su casa familiar y a sus padres.

Esa noche comenzó a escribir la carta a sus padres. Seis meses atrás la comunicación se había interrumpido y no había sabido nada de ellos hasta que el Sr Eisele había traído noticias. Recuperado el contacto y, con la certeza de su posible viudedad tan cercana, sintió la urgencia de contar todo lo vivido.

La memoria le traía el sonido nítido del bombardeo que había comenzado el 14 de abril. Su corazón volvió a palpitar con fuerza al recordar su urgencia por llevar a los niños al sótano donde entraron tan sólo unos minutos antes de que los aviones comenzaran a lanzar los pesados “Christbäume” sobre sus cabezas.
Potsdam terminará muy sucia – dijo Davoud mientras las bengalas dejaban completamente iluminada la ciudad y Gerda trataba de controlar el miedo que la embargaba. Las sirenas avisaban del inminente bombardeo.

La lluvia de bombas duró veinte minutos de angustia durante los cuales la casa no dejó de temblar. Los cristales tintineaban y las ventanas, puertas y el mismo techo volaron por los aires. Aterrados, los niños lloriqueaban bajo los abrigos que Gerda les había echado encima para protegerlos. Ella trataba de calmarlos al tiempo que luchaba contra el terror que se había quedado dolorosamente trabado en su estómago acompañando el estruendo, la respiración agitada y la terrible consciencia de que toda su familia podía morir en aquel instante. Miró al más pequeño de sus hijos y pidió a Dios que le dejara vivo un poco más, lo suficiente como para saber lo que era disfrutar de las puestas de sol, del íntimo placer que producía la música o la tibieza del primer beso de enamorado.

Gerda recordaba con nitidez el desconcierto que le produjo el silencio tras las bombas. Aguardó junto a Davoud media hora antes de decidirse a salir de la casa y quedó conmocionada al ver los jardines y casas destrozados. El impacto duró hasta la llegada del señor Nikserescht, un amigo con un terreno a las afueras, que les aconsejó que salieran de allí lo más rápido que pudieran ante la amenaza de nuevos e inminentes bombardeos. La urgencia por empaquetar lo más necesario, primordialmente alimentos y ropa, lo ocupó todo durante un par de horas. Al principio estaba atenazada por el miedo pero luego se exigió a si misma pensar con rapidez. Tuvo la idea de cortar una cuna y, con la ayuda de Davoud, convertirla en un improvisado remolque para transportar la ropa de cama que serviría de abrigo. Después atravesaron el oscuro bosque mientras las sirenas volvían a sonar.

Se giró y vio cómo Potsdam ardía. Pensó que con aquellas llamas se perdía para siempre el luminoso recuerdo de su pasado, todos aquellos momentos en los que había disfrutado de una familia acomodada y buenos contactos, profundamente enamorada de su marido, ese elegante persa destacado alumno de su padre, con el que se había casado antes de que él se convirtiera en un ferviente seguidor de Hitler. Jamás le gustó aquel mostacho aunque tampoco le había dado mayor importancia. Davoud disfrutaba de las tradiciones, de Lessing, Goethe y de Schiller con la misma naturalidad con la que comenzó a dar gritos de júbilo ante el Führer y tener una actividad intensa y desconocida, más allá de sus clases en la universidad. A ella nunca le había interesado demasiado la política y jamás había pensado que aquel camino terminaría de aquella manera. Tomó contacto, en aquel preciso instante, con el final de aquel tiempo que ella había creído feliz y que no iba a regresar. Sabía que la ciudad jamás se recuperaría de aquello y que ella ya no volvería a ser la misma. Aquella certeza le provocó miedo, vacío y una profunda punzada en la boca del estómago. El bombardeo estaba a punto de comenzar de nuevo y no permitió que ninguno de los suyos viera que tenía los ojos llenos de lágrimas.

Levantó los ojos de la carta que escribía y se dio cuenta de que otra vez, como aquella noche frente a aquella Potsdam asediada, estaba llorando.
La memoria de Gerda guardaba con nitidez el 25 de abril, cuando había decidido vaciar el sótano de carbón para llevar allí las camas de los niños, la alfombra afgana y un colchón justo antes de que comenzara un frenético fuego de artillería que se prolongó durante horas y que solo se vio interrumpido por los gritos de los vecinos pidiendo ayuda. Aterrada, Gerda miró a Davoud y por única respuesta él apretó fuerte su mano antes de salir rápidamente fuera de la casa. Su corazón latió con ansiedad hasta que él volvió acompañado por los Kirchhoff, la señora Baumann y la señora Siering y su hijo. La señora Kirchhoff tenía el pie completamente destrozado. Mientras Davoud trataba de calmar a su marido, Gerda se ocupó de dar algo de coñac a la malherida. Recordaba cómo sus manos se habían aferrado a su cuello para acercarse y decirle con un hilo de voz que se moría antes de perder el conocimiento. Gerda permaneció quieta, acariciando su pelo, pensando que su falta de consciencia era lo mejor que le podía ocurrir. En su recuerdo se difuminaba el tiempo transcurrido hasta que se dio cuenta de que el cuerpo de la mujer comenzaba a estar frío. Comprobó la falta de pulso y avisó a Davoud sin levantar la voz. Convivieron con aquel cadáver durante tres días, tratando de preservar a los niños de la tétrica realidad mientras afuera se escuchaban los disparos de los soldados rusos contra la resistencia nazi.

Cuando la metralla era sustituida por artillería pesada las ventanas se rompían y todo caía al suelo. Los niños se tapaban los oídos y Gerda se tumbaba junto a ellos. Recordaba descubrirse a sí misma sin miedo ante aquella situación, sintiéndose sorprendentemente reconfortada. Ya no pensaba en su peinador, ni en el armario rosa con su vestido de noche americano. Tenía a los niños pegados a ella y Davoud apretaba con fuerza su mano. Colocó su cabeza en el pecho de su marido y se refugió en su olor. Sintió en aquel momento que lo amaba mucho más intensamente de lo que jamás se había parado a pensar y llegó a la íntima convicción de que, si en aquel momento moría junto a él y los niños, dejaría este mundo con mayor felicidad que la desdichada señora Kirchhoff. Aquel pensamiento le salvó de aquella noche y de otras muchas que vendrían después.

Tras los disparos, Davoud escuchó palabras en ruso y abrió de inmediato la puerta para evitar que dispararan al interior de la vivienda. No tardó en entrar una turba de soldados rusos. Eran tártaros, azerbaiyanos y chechenos, casi todos musulmanes. Gerda recordaba los controles continuos que vinieron después para buscar dentro de la casa militares alemanes escondidos. También las apropiaciones indebidas de las pertenencias de los propietarios. Pero, sobre todo, recordaba el terror que le producía aquella frase pronunciada con acento ruso:

–Mujer. Ven –aquellas evidentes intenciones de los soldados eran inmediatamente sofocadas por las intervenciones de Davoud al que los musulmanes respetaban al reconocerlo como iraní.

Aquellos días fueron complicados, pero todo empeoró cuando aquella mañana escuchó aquel estruendo que hizo que su cabeza retumbara.

Gerda se giró de inmediato y vio a Davoud junto a ella. Tenía lo ojos muy abiertos.

–Mi pierna –dijo justo antes de desplomarse.
Los disparos continuaban y los rusos salieron corriendo dejándola sola con su marido recién herido. Como pudo se las arregló para llevarle hacia el sótano. Davoud no había perdido la consciencia pero se retorcía de dolor mientras Gerda trataba de arrastrarlo. Notó cómo su corazón se desbordaba y su cabeza ardía pero no se dio cuenta de que ella misma estaba herida hasta que le costó distinguir entre su propia sangre y la de él. Tampoco sintió dolor ni se dio cuenta del momento preciso en el que la señora Baumann, todavía refugiada en su casa, llegó corriendo con los niños y le ayudó a limpiar su propia herida con las gasas de los pequeños. Fue entonces cuando pudieron ver en el muslo de Davoud un boquete del tamaño de un puño. Como pudieron lo colocaron sobre un colchón y lo vendaron con los pañales mientras afuera se volvían a oír detonaciones. Varios miembros de las SS se habían escondido en el contiguo bosque de Kathrinen. Ellos habían realizado los disparos que habían herido a Davoud y contra ellos disparaban los soldados rusos. Nadie podía entrar ni salir y, mucho menos, ir en busca del doctor Stappenbeck.

Aquella misma tarde el señor Kirchhoff enterró a su mujer envuelta en una sábana, él solo, en su propio búnker; sin flores, sin sacerdote y sin amigos, mientras Gerda, todavía con el pelo ensangrentado y pegado a su cara, se mantenía acurrucada al lado de Davoud sin poder apartar de su mente el recuerdo de la mujer muerta en sus brazos en aquel mismo sótano.

La situación se hizo insoportable al día siguiente y Gerda, desoyendo las prevenciones de la señora Baumann, se armó de valor y salió a la calle con el firme propósito de conseguir un médico. El tiroteo proseguía y, mientras salía del sótano, prefirió no pensar que sus hijos se quedarían huérfanos si una de aquellas balas la mataba. Solo quería encontrar una forma para que el dolor y la hemorragia no terminaran con su marido. Al salir detuvo a un oficial y le suplicó. De aquella manera fue conducida hasta la doctora del campamento, que recogió algo de instrumental y varias tablillas. Aparte de yodo no disponía de medicamentos, así que vendó y entablilló a Davoud sin ningún tipo de anestesia.

Davoud permaneció tumbado y sin dejar de gemir durante varios días hasta que Gerda consiguió morfina para inyectarle. El alivio que sintió al ver que su marido por fin podía descansar duró hasta que escuchó las pisadas de los soldados acercándose. Dos de ellos, bastante borrachos, entraron en el sótano. Mientras uno de ellos se quedaba en la puerta el otro la empujó contra la pared. Recordaba revolverse mientras gritaba que era iraní y golpeaba al soldado que, como única respuesta, colocó el cañón de su revólver en su pecho.

En ese momento Gerda sintió que algo en su interior se rebelaba. No había pasado por todo aquello para ser violada o morir frente a sus hijos. Agarró con fuerza la boca del revólver y lanzó una mirada fulminante al soldado mientras la señora Baumann y los niños lloraban y gritaban.

El alborotó despertó a Davoud, que increpó a los soldados haciendo que desaparecieran justo antes de que él mismo se desmayara. Gerda y la señora Baumann lo volvieron a tender en el suelo y se miraron a los ojos. Pero no dijeron ni una sola palabra sobre lo que acababa de ocurrir.
Le habría gustado tener a la señora Baumann a su lado cuando llegó la orden de desalojo. Tuvo muy poco tiempo para recogerlo todo y arreglar el papeleo para trasladarse a una nueva casa con los niños. Sin embargo, consiguió moverse rápido y, gracias a sus contactos, terminó en una propiedad de Kurt von Ruffini, nieto de un actor y cantante de ópera, donde recuperó la electricidad y el agua y donde los niños podrían jugar tranquilos en un jardín rodeado de malvas y grandes girasoles.

Gerda detuvo su escritura y bebió un poco de agua mientras reflexionaba sobre la indignidad que rodeaba a las guerras. Se alegraba de que sus hijos crecieran aparentemente felices y parecieran no recordar aquellas duras experiencias pero dudaba que aquel lacerante recuerdo no se hubiera instalado para siempre en sus almas. Demasiado tiempo alimentándolos con pan duro y latas de carne que conseguía bajo lluvias de balas. Demasiado frío. Demasiado miedo. Todavía no estaba en disposición de reflexionar sobre su parte de responsabilidad en todo lo sucedido y el aval que todos, su familia, sus amigos, sus vecinos, Davoud y ella misma, habían extendido a un gobierno que les había conducido hasta aquel punto. No sabía si habían decidido mirar hacia otro lado sin medir las consecuencias o simplemente se habían dejado llevar. Tampoco alcanzaba a entender hasta dónde llegaba su responsabilidad.

Notó su mano dolorida. Eran las dos de la madrugada y al día siguiente debía levantarse temprano para ir al hospital. Se despidió de sus padres con la firme esperanza de reunirse con ellos en Behlingen. Pidió que se sintieran muy queridos por su envejecida “caracolillo”, como solían llamarla, y firmó con trazo firme con su nombre y apellido completo tratando de dar solemnidad a aquella carta. Se acostó pero le costó conciliar el sueño. Llevaba tiempo sin escarbar en su interior y el relato de aquellos seis meses de sufrimiento le había removido. Recordar lo vivido había sido agotador pero también le había hecho tomar contacto con ella misma, con la mujer en la que se había convertido tras aquella experiencia. Estaba agotada pero se sentía más fuerte y consciente de lo que había sido nunca.

Al día siguiente se levantó temprano. Los niños dormían tranquilos y se arregló con cierta calma. Entregó la carta al señor Eisele antes de emprender camino hacia el hospital. No quería pensar en la despedida que el día anterior le había dicho Davoud pero era inevitable hacerlo mientras se acercaba. La tensión crecía y se veía asaltada por el miedo. ¿Y si no había sobrevivido a aquella noche? ¿Cómo afrontaría el momento? ¿Algún médico le daría el pésame? ¿Cómo volvería a casa y se lo contaría a los niños? ¿Cómo sería su vida estando viuda?

Enfiló el pasillo con la firme decisión de, en el peor de los casos, no echarse a llorar, pero al llegar a la habitación y ver la cama vacía le embargó una emoción incontrolable que hizo aflorar sus lágrimas. La voz del doctor Kreuzmann irrumpió tras ella. Habían tratado de localizarla pero el cambio de casa había impedido el contacto. Algo insólito había ocurrido aquella pasada noche. Unos hombres habían llegado al hospital y se habían llevado a Davoud. Gerda levantó la cabeza y su mirada se iluminó. Estaba vivo. Vivo. Había superado aquella noche y el aciago pronóstico no se habían cumplido. Solo entonces comenzó a caer en la cuenta de que Davoud ya no estaba. Preguntó quiénes eran esos hombres que se lo habían llevado y adónde. Pero Kreuzmann solo acertó a explicarle que tenían acento americano y habían llegado en un gran coche. No sabía nada más.

Gerda pensó en las palabras de Davoud el día anterior y en su insistente despedida. Un escalofrío la sacudió con violencia al tiempo que notaba cómo lo advertido por la señora Baumann comenzaba a cobrar sentido.
Davoud había sido trasladado al hospital alemán. Recordaba sus mejillas rojas, su delgadez extrema y aquella pertinaz fiebre que le hacía desvariar y no reconocerla. Recordaba cómo los médicos le habían dicho que era el momento de esperar lo peor y cómo la buena de la señora Baumann la había tenido que zarandear para no dejarse vencer por el abatimiento y el cansancio. Aunque no se parecía a su madre, tenía la habilidad de aportarle la misma calma y más de una tarde se encontró abrazada a ella. Le tranquilizaba escuchar sus vaticinios, en los que aseguraba que ellas no serían violadas, los niños no morirían de hambre o enfermedad y Davoud terminaría recuperándose. Le gustaban sus ojos saltones, sus manos delgadas y su carácter alegre a pesar de todo.

Gerda comprendió que la salvación solo dependía de ella y de su férrea convicción, la misma que hizo que no se moviera del hospital hasta persuadir a la enfermera de planta para no dar a Davoud por desahuciado, consiguiendo que lo limpiaran y lo atendieran con una mínima dignidad. La misma que flaqueaba de vuelta a casa, cuando no quería fijarse en los arcenes donde aún yacían alemanes verdes y malolientes, caballos muertos y tanques blindados tiroteados. Debía concentrarse en su marido y olvidarse de lo que la rodeaba así que convirtió en una obsesión alimentarlo adecuadamente para favorecer la recuperación. Al principio contó con mantequilla y huesos para el caldo pero con el tiempo todo se acabó y tuvo que recurrir al mercado negro para conseguir manteca, azúcar y tocino a cambio de su vestido azul de Hanna Dambede y tres metros de seda. Sentía terror solo de pensar en afrontar la llegada del duro invierno. Se levantaba a diario a las cinco de la mañana y acudía al bosque a por madera para luego cortarla. Después se iba corriendo al hospital y cuando los niños despertaban ya estaba de vuelta.

La angustia y la tensión convirtieron el paso del tiempo en una experiencia imprecisa tan solo marcada por el buen tiempo. La luz comenzó a brillar de nuevo, dejaron el sótano y pudieron cerrar la puerta sin miedo a que la echaran abajo. Gerda consintió que los niños jugaran fuera de casa superando el terror que le producía los restos de municiones peligrosas dispersas por todos lados. Sus juegos y risas era el único antídoto eficaz para alejarla de la angustia y del ritmo agotador de las obligaciones diarias.

El buen tiempo supuso también el contacto de la señora Baumann con su propia familia y anunció su marcha. Aquella supervivencia compartida las había unido para siempre y se abrazaron con fuerza y entre lágrimas, conscientes de que posiblemente no volverían a verse pero convencidas de que su unión ya era inquebrantable. Fue entonces cuando la señora Baumann se acercó a ella y susurró a su oído:

- Su herida cicatrizará. Pero la que él te dejará a ti nunca cerrará del todo.

Al recordar aquel momento Gerda detuvo la escritura de su carta. No entendía por qué la señora Baumann le había dicho algo así antes de marcharse. Todavía no lo sabía pero no quedaba tanto para que las piezas comenzaran a encajar.

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