3 abr. 2015

Dalton Trumbo, el verdadero héroe de Espartaco

IVÁN REGUERA
Espartaco es una de esas películas que solían ponernos en Semana Santa, aunque en realidad es una peli de romanos sin cristianos, ya que en Espartaco los buenos son los esclavos. Crucificados, pero esclavos. Pero como casi todo el mundo ha visto el film deKubrick con Douglas (aunque más bien es una película de Douglas con Kubrick), en este blog merece la pena que recordemos al alma de Espartaco: el guionista y escritor Dalton Trumbo. Y lo voy a hacer gracias al maravilloso libro Yo soy Espartaco, escrito por Douglas a la edad de ¡95 años! Es el último gran libro de cine que ha pasado por mis manos; ágil, divertido, vibrante, bien dialogado, una gozada.

Lo primero que te llama la atención del libro de Douglas, es lo rápido y zorro que llegó a ser. Para empezar, tenía claro que Howard Fast, el autor de la novela Espartaco, no iba a escribir el guión. Razón no le faltaba: muchos novelistas no suelen ser buenos guionistas de imágenes y les cuesta podar, renunciar a su trabajo literario en su traslación al cine. Fast le cedió la novela por una ganga… pero a cambio de ser el guionista. ¿Qué hizo Kirk? Pagar a Fast y a la vez a Trumbo, que cumplía su condena de estar en la lista negra por ‘rojo’ y que sufrió aquellos tiempos oscuros en los que, como dijo Orson Welles, amigos delataron a otros amigos no para salvar su vida, sino su piscina. Trumbo haría el verdadero guión.

La descripción que hace Douglas de su primer encuentro es así: “Trumbo vino a mi casa, a una media docena en coche desde la suya, en Pasadena. El guionista otrora mejor pagado de la industria, conducía ahora un coche viejo que apenas podía recorrer entero el trayecto hasta Beverly Hills”.

– Es un placer conocerte por fin -dije abriéndome paso hacia el salón.
– De modo que es así como vive la otra mitad -dijo desarmándome.

El material que llegaba de Fast era, como esperaba Douglas, mediocre. Pero lo de Trumbo era diferente: en unas páginas había creado un personaje, alguien que empieza siendo un salvaje, un animal que hasta muerde, y acaba siendo un ser con corazón, cerebro y alma. Fast aceptó seguir trabajando basándose en esas páginas de Tumbo. El pobre no sabía que su guión jamás llegaría a la pantalla.

Cubierta del libro de Kirk Douglas.


Trumbo era, en sí mismo, un personaje de película. Solía trabajar en la bañera, con un tablero donde posaba su vieja máquina de escribir y que cubría sus partes íntimas. Sobre la tabla también colocaba su cenicero, su tabaco y su vaso de bourbon. Adoraba, además, a los pájaros. Tenía tantos periquitos y ruiseñores, que hasta les construyó un aviario en su jardín. Siempre había querido tener un loro, así que Kirk se lo compró. Se llevó tan bien con su loro, que a veces escribía con él encaramado a su hombro, como un pirata. Trumbo le dio endiabladamente a las teclas. Y con su técnica personal: primero todos los diálogos (maravillosos) y luego las acotaciones y descripciones.

Ya empezado el rodaje, llegó la primera gran crisis: Trumbo, harto de las morcillas de los actores en su guión, decide abandonar el proyecto. Douglas, aterrado, va a visitarlo a su humilde casita en cuanto le dan la noticia. El reencuentro fue tenso, pero Douglas lo convenció y Trumbo volvió a la máquina. El rodaje y todas sus tensiones internas (sobre todo entre Douglas y Kubrick) finalizaron, y se organizó la primera proyección con la película completa. No fue un desastre, pero las reacciones fueron muy tibias. No tenían un aborto, pero sí un bebé con serios problemas. Trumbo, que fue metido en la sala oculto y medio disfrazado, con un enorme sombrero, no dijo ni una palabra sobre lo que vio. Volvió a esconderse en el coche con su sombrero y se fue a su casita a mascar lo que había visto. En pocos días, Douglas recibió un grueso informe firmado por Sam Jackson en el que se desmenuzaba la película con una rigurosidad pasmosa. El texto estaba presentado con unas frases de Churchill: “¡No rendirse nunca! ¡No rendirse nunca! Nunca, nunca, nunca”. Douglas empezó a leer aquello y en su libro reconoce que es un trabajo tan admirable, que debería leerse en todas las escuelas de cine.

Cuando Douglas le expuso a Kubrick el problema de meter a Trumbo en créditos debido a la lista negra, Stanley, con esa penetrante mirada suya, se ofreció a firmar él mismo el guion. Douglas no se podía creer tamaña mezquindad. Su socio, que estaba presente, tampoco. El momento más emocionante de esta película, dentro de otra película, eso sí, es el de aquella noche en la que Kirk Douglas llamó a Trumbo para decirle que le esperaba a la mañana siguiente en el comedor de Universal. Trumbo no supo qué contestar durante segundos, emocionado. Aquello significaba presentarlo a todos, en público, a la industria, aceptar por fin su crédito, ¡a la mierda con la lista negra! “Sé puntual y no lleves sombrero”, dijo Douglas antes de colgar.

Kirk se despide así de Trumbo en su libro: “De todas las personas con las que trabajé, Trumbo era única. Era más personaje que la mayoría de los actores que he conocido. Era un hombre que amaba la vida. Amaba vivirla, amaba describirla, amaba entregarse a ella. Mi amigo me enseñó mucho sobre la valentía y la elegancia. Fue un héroe estadounidense”.

Espartaco habla de la tiranía. Roma es Estados Unidos, o cualquier país que cree esclavos, que censure, que machaque las libertades de sus ciudadanos, que no les permita ser libres. El verdadero titán detrás de Espartaco es Dalton Trumbo, el tipo bajito y valiente que, junto a Kirk Douglas y su loro, acabó con una larga tiranía y una locura colectiva. El verdadero héroe de la película.

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