6 mar. 2015

Luis Barrales, creador de Príncipes de Barrio: los futbolistas son pendejos que mentalmente se quedan en los 14 años

Autor: Diego Bravo
Luis Barrales era el mejor jugador de fútbol de todo Laja. Él lo sabía, su familia también. Por ello salió de su ciudad a buscar nuevos horizontes, algo que pudiera convertirlo en futbolista profesional, y quien sabe, terminar en Europa cobrando en euros, manejando autos deportivos y saliendo con súper modelos. Fue así como Barrales llegó a la segunda división infantil de Huachipato, en Talcahuano. Jugaba con muchas más ganas que talento, queriendo emular el camino de Iván Zamorano, el chileno que ese año -1992- fue comprado por el Real Madrid en seis millones de dólares.
“Barrales, tu puedes estudiar, eres inteligente, tu familia tiene una situación que te permite estudiar. Piénsalo”, le dijo Yuri Fernández, el técnico que lo entrenaba por ese entonces. Una opción que no tenían otros compañeros de equipo.

“Habían algunos que no tenían ninguna otra posibilidad de desarrollo. Tenía compañeros que en Talcahuano vivían en La Emergencia, una población muy conflictiva, muy problemática, de mucha pobreza, mucha delincuencia. Acompañé a uno a tomar once a su casa y vi la violencia, la tentación de los pitos, de la pasta base. No sé si fracasaron. Nunca más los vi”, recuerda ahora, con 37 años, Luis Barrales, uno de los dramaturgos más prestigiosos de su generación.

“La propuesta (de la serie) estaba centrada en la pugna de clases: los dirigentes como dueños de los medios de producción y los proletarios como poseedores de la fuerza de trabajo no más”

Lo que vino después del breve intento de Barrales por ser futbolista profesional fue un fracasado paso por derecho, interrumpido luego de realizar un taller de teatro que gatilló su vocación. Y que a la larga, lo convirtió en un renombrado autor.

Con más de diez producciones teatrales escritas por él, obras que a través de personajes marginales retratan al Chile periférico -“Santiago Flayte”, “Uñas Sucias”,“H.P” (Hans Pozo), “La Chancha” y “Niñas Araña”, entre las más conocidas- ayer estrenó su primer guión televisivo: Príncipes de Barrio. Una idea original que Barrales presentó a Canal 13, quienes aceptaron co-producirla. “Entonces la terminamos escribiendo un equipo de cuatro guionistas. La serie fue mutando, aunque mantiene el espíritu original”, explica. ¿Resultado? Un Daniel Muñoz magistral, críticas favorables a través de twitter que lo mantienen como Trending Topic y un primer capítulo de calidad que promete.
“El protagonista se cría entre valores sólidos ejemplificados en la madre: levantarse temprano, ir a trabajar, no deberle un peso a nadie, etc. Todo eso en medio de ese Chile que dice: ‘¡hagámosla corta!, para qué andar trabajando como los hueones, si hasta el hijo de la Presidenta lo hace y no lo va a hacer uno'”

¿Cuál era ese espíritu original que fue mutando luego de asociarte con Canal 13?

– Como tesis íbamos a hacer una serie de futbolistas mirada desde la óptica del representante, de los dirigentes. El pie forzado era ningún minuto en la cancha, porque todas las experiencias que se habían hecho en Chile de actores que trataban de emular futbolistas eran horribles. Entonces en el canal nos dijeron que querían ver fútbol. Yo les dije: “O.K., corramos el riesgo”. Y ahí pusieron hartas fichas: trabajaron con Juvenal Olmos, que entrenaba con los actores. Los pusieron en forma.Viéndolo así, el cambio tuvo más que ver con ópticas políticas: la propuesta original era harto más ruda en términos políticos.

¿A qué te refieres con que era “más ruda en términos políticos”?

– Los futbolistas siguen siendo proletarios. Lo único que tienen es su fuerza de trabajo, que en este caso es su cuerpo, su talento. Pueden llegar a ganar millonadas, como Alexis Sánchez, pero no dejan de ser proletarios en el término estricto del análisis de clases. La propuesta estaba centrada en eso: la pugna de clases; los dirigentes como dueños de los medios de producción, y los proletarios como poseedores de la fuerza de trabajo no más. Era bien oscura, pero en la pasada por el canal adquirió luz.
“El fútbol me significa un goce estético muy grande, como el arte: como cuando vas a ver el ballet o una obra de teatro o una pintura… Ver un jugador que baja bien la pelota como la bajaba Marcelo Salas, ver un jugador hacer lo que quiere con ese objeto, es muy parecido a ver un bailarín haciendo algo con el cuerpo“

¿Cómo para no quedar mal con nadie?

– No, esa era la idea de los ejecutivos en un principio, pero el equipo de guionistas era bien inteligente. Entonces, consiguiendo ese objetivo, no se perdió potencial político. Se humanizó, pasó a ser una historia más tradicional, como la ruta del héroe, como Rocky: un don nadie que llega a la cúspide.

- ¿Cuál es la idea-motor de la serie?

La serie está en permanente enfrentamiento y cruce de valores éticos. Por ejemplo, el hombre entendido como mercancía, o como un ser sensible igual que tú. Está el representante, es decir, transa un ser humano o simplemente un objeto que puede transar por capital. En el caso del futbolista está el tema de la clase, que en un principio le basta con tomarla y disfrutarla: se trae el auto groso, juega en el equipo groso, pero en algún minuto se ve enfrentado al tráfico de emociones. Eso está en pugna permanente.

A propósito de esa cosificación, hay que saber que los futbolistas tienen acceso a mucho sexo, ¡a mucho sexo! Y es una oferta que a todos los hombres nos interesa, y a ellos les llega muy rápido. Entonces pasan de la polola del barrio a la que siempre quisieron versus la modelo despampanante, que está ahí, que era algo que les resultaba inalcanzable, que solo veían a través de la TV, y ahora está ahí y ellas se interesan por él.
- Cuando la modelo sale de la pantalla.

Claro, y está puesta ahí. Ahora, estos son puros tópicos: nadie ignora lo que estoy hablando. Lo atractivo de la serie es “el tratamiento de”. El cómo va entrelazando eso, porque está libre de juicios morales, está en permanente enfrentamiento y hace que los personajes tomen decisiones. Todos los días los futbolistas deciden si irse a tomar con los que quieren ser sus amigos o jalar con la modelo e irse al Costa Varúa.

Una parte importante del trabajo de Luis Barrales como dramaturgo, tiene como tema principal la marginalidad, como da cuenta su adaptación teatral del caso de Hans Pozo y el de las Niñas Arañas. “Yo no soy marginal. Soy un pequeño burgués, como ustedes”, dijo alguna vez en un seminario en la Universidad Católica. Según Barrales, él no es “un milagro de la población que sabe escribir”. Barrales es hijo de un ingeniero –que ejerció poco- y de una comerciante, sobrino de un miembro del GAP, ex adolescente que buscó respuestas en las Juventudes Comunistas a principios de los 90s, y de esto último le quedó la plena fe en que los planteamientos de Marx son la mejor solución.

“Me produce mucho dolor la marginalidad. Me parece que no es tolerable. No es justo. Me parece que esa relación de lucha hace que todos nos vayamos poniendo miserables. Si a eso le agregas la miseria innegablemente material, no es posible esperar seres luminosos de ahí”, declara.

¿Por qué trabajar la temáticas de la marginalidad?

– Decir: “yo estoy haciendo algo para que esto cambie”, lo encuentro un poco pretensioso, paternalista. No me interesa y no sé si hago un aporte real. Lo que me interesa es levantar discurso crítico para que se hable del tema. Trabajo en la producción de subjetividad, mi intención es levantar ideas. Para lo otro pagamos impuestos: para que esos problemas se solucionen materialmente. Tenemos una clase política que es la encargada de hacer esas cosas, que las hace como las pelotas. Ellos instalaron la lógica del cliente. Entonces yo digo: “ok, yo sigo pagando mis impuestos regularmente, como la mayoría de las personas que no sabemos evadir impuestos”, porque nosotros no estamos educados para evadir impuestos. Como sea, lo que me interesa es levantar polvo, hacer ruido, pero no hay más pretensión, ni tampoco quiero hacerme responsable de ser un portador de una clase ni mucho menos.

¿Hay algo en el proceso de investigación de campo que te haya llamado la atención y que no conocieras?

-No conocía bien la relación que tenían los futbolistas con los representantes. Ellos se empiezan a transformar en nanas muy bien pagadas. En estricto rigor, los jugadores son pendejos que mentalmente se quedan en los 14 años bajo la tutela de ese adulto.
Y la relación con la familia, ¿cómo la abordas?

– Lo trabajamos arquetípicamente. En este caso, nuestro protagonista es hijo de madre soltera, mujer trabajadora, que por lo mismo no pudo darle todo el tiempo ni la atención necesaria. Entonces este cabro se cría entre valores sólidos ejemplificados en la madre que son: levantarse temprano, cocinar, ir a trabajar, no deberle un peso a nadie, pagar sus cuentas, etc. Todo eso en medio de ese Chile que dice: ‘¡hagámosla corta!, para qué andar trabajando como los hueones, si hasta el hijo de la Presidenta lo hace y no lo va a hacer uno’.

Es una bonita contraposición: eres Alexis Sánchez, tienes a las mujeres que quieres, todo el mundo te da lo que les pidas, pero la mamá le dice: “Acá en mi casa, no me huevees, las cosas son así, te conozco, toma tu cachuchazo”. Más adelante, cuando el cabro ya es famoso, tiene plata, qué sé yo, aparece el padre.

¿El niño futbolista puede interpretarse como parte de la movilidad social?

– No, es un fenómeno estético, una excepción. No es estadísticamente significante. De hecho, de la gran mayoría de futbolitas profesionales, debe ser el 10% el que se asegura la vida. El resto tiene buenos sueldos, pero no les dura más allá de los 35 años.
¿Qué es el fútbol para ti?

– Es lo que más me gusta en la vida. Tengo amigos que me dicen que no puedo ser tan vacuo, tan banal, pero es lo que más me gusta. Me significa un goce estético muy grande, como el arte: como cuando vas a ver el ballet o una obra de teatro, o una pintura.

¿El fútbol es arte?

-Para mí, sí. Ver un jugador que baja bien la pelota como la bajaba Marcelo Salas, ver un jugador hacer lo que quiere con ese objeto, es muy parecido a ver un bailarín haciendo algo con el cuerpo.

Igual el fútbol tiene que ver con cuestiones atávicas y valóricas. Con atávicas me refiero a que, por ejemplo, cuando me junto a jugar a la pelota con mis amigos, ese lugar, mientras jugamos, mientras dura el partido, es uno de los lugares más parecidos a ser efectivamente quien soy. Está muy vinculado a la libertad: jugando a la pelota yo soy libre, o soy lo más parecido a lo libre que puedo llegar a ser.

Lo del tema valórico es cuánto entiendes el juego, cuánto entiendes el significado del colectivo, lo que te hace mejor. Te haces más bonito en el trabajo en equipo. Es decir, fui capaz de suspender mi interés individual en pos de un colectivo, y ese colectivo me devolvió mucho más de lo que yo entregué, que es el triunfo de mi equipo.

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