10 nov. 2014

El Lope de Vega criollo también fue guionista de cine

Por Luciano Castillo
Comúnmente llamado “el Lope de Vega criollo” por su gran fecundidad, el dramaturgo Federico Villoch Álvarez, nacido en Ceiba Mocha, Matanzas, el 16 de octubre de 1868, también incursionó como guionista en los albores de la cinematografía nacional. Al conmemorarse el 11 de noviembre el aniversario 60 de su desaparición física, rememoremos a este hombre poseedor de un catálogo que comprende unas 500 obras teatrales, aunque algunos calculan la cifra en 412, la mayoría de ellas estrenadas en el teatro Alhambra y musicalizadas por Manuel Mauri o Jorge Anckermann.

Graduado de Bachiller, completó los cuatro primeros años de la carrera de abogado, pero, atraído por las letras, abandonó los estudios y a los 20 empezó a darse a conocer en El Fígaro y El Elegante con versos de inspiración y facilidad. Publicó luego tres libros de poemas: A la Diabla, Poemas del arroyo y De la vida.

Devenido reportero, en 1896 escribió su primera obra teatral, La mulata María, estrenada con mucho éxito en el Teatro Irijoa (luego llamado Martí) el 6 de mayo, con la música de Pablo Valenzuela y Consuelo Novoa en el papel protagónico. La pieza fue representada por todas las compañías de bufos de la época.

   
Algunas de sus obras más exitosas son La isla de las cotorras, La casita criolla y Cuba en la guerra (1918), entre otras, además de algunos sainetes no menos resonantes como Aliados y alemanes (1914) y la revista espectacular La danza de los millones.

En la opereta anotó algunos triunfos como La señorita Maupin –de la que se incluye un fragmento enLa bella del Alhambra (1989), el clásico de Enrique Pineda Barnet próximo a celebrar 25 años– y El rico hacendado, y parodió piezas de otras latitudes, al trasladar sus argumentos al ambiente cubano (La dama de las camelias, Electra). Villoch mezcló con maestría en sus obras la creación de tipos y personajes de la vida cotidiana cubana, la crítica política y social, el chisme y la situación cómica. Su gran virtud, a juicio del historiador Rine Leal, fue manejar la actualidad como un cronista vivaz, lo que convirtió a los títulos de sus obras en un catálogo de los hechos más populares de la época. Los estudiosos de su producción dramática, como Enrique Río Prado, subrayan su talento para el género satírico, pintoresquista, sin caer jamás en la chabacanería.

El pionero Enrique Díaz Quesada, considerado el “Padre de la cinematografía nacional”, acudió a él por primera vez en 1913 con el fin de que escribiera el argumento del que constituiría el primer largometraje de ficción en la historia de nuestro cine: Manuel García o El Rey de los campos de Cuba, producido por Santos y Artigas.

Había escogido un texto que Villoch publicó anónimamente como un folletín en La Caricatura y que después fue editado por José López Rodríguez (Pote). El dramaturgo abordaba la contradictoria figura de Manuel Hermenegildo García Ponce (1851-1895), nacido en Alacranes, Matanzas, aunque algunos historiadores fijan el lugar en San Nicolás o Quivicán.

Bandolero para unos y patriota para otros, las proezas de este personaje del folklore campesino cubano llegaron hasta la Corte. La amenaza de muerte a un alcalde que ultrajó a su esposa inició los problemas de Manuel García con las autoridades españolas. Posteriormente, al sorprender a su padrastro José Gallardo mientras propinaba una golpiza a Isabel, su madre, lo hirió con varios machetazos. De boca en boca, sus aventuras, venturas y desventuras hasta su enigmática muerte adquirieron visos de leyenda demasiado atractivos como para no ser filmados.

Enrique Agüero Hidalgo, primer historiador de nuestro cine, precisó que no se omitieron gastos ni sacrificios personales para vencer las dificultades confrontadas en la filmación, extendida a seis meses. Alrededor de 200 personas trabajaron en Manuel García o El Rey de los campos de Cuba y, para mayor rigor, las escenas fueron tomadas en los mismos lugares de los hechos verídicos.

Enrique Díaz Quesada fue el director y fotógrafo, función esta última en la que contó con la colaboración de su hermano Juan. El personaje titular fue caracterizado por Gerardo Artecona, secundado por Evangelina Adams, Concepción Pou, María Izquierdo, Dominga Suárez, José Artecona, Andrés Bravo y Manuel Banderas, varios de ellos vinculados al elenco del teatro Alhambra.
    
El público y la crítica compensaron los esfuerzos con su aceptación. Tanto interés suscitó esta cinta estructurada en diez partes, que su estreno simultáneo en el Polyteama grande y en el chico fue pospuesto del lunes 4 para el miércoles 6 de agosto de 1913.

José Manuel Valdés-Rodríguez, crítico, profesor, director-fundador del Departamento de Cinematografía de la Universidad de La Habana, evocó en estos términos sus impresiones de aquella memorable noche en que el Rey de los campos de Cuba “surcó la pantalla como un héroe legendario, entre los aplausos y los vivas del público”. A los 17 años, fue uno de los asistentes al estreno en el Polyteama grande del primero de una serie de filmes épicos, basados en la lucha de la llamada “siempre fiel isla de Cuba”:

Un soplo de heroísmo llenó la sala en sombras, estremecida por los aplausos y los vivas que jalonaron la proyección de la primera película cubana de largometraje que surcaba las pantallas de la isla marcando en ellas una huella nuestra. Las escaramuzas con los civiles, las estratagemas, el ademán de reto, la acometida arrestada; la reunión sigilosa de hombres y bestias, en la noche alta, transparente y callada; el ataque artero y mortal parecían salirse del cuadro de fulgor y de su marco negro y desbordarse por la sala contagiando a los espectadores hipnotizados convertidos en partícipes del hecho heroico y tremendo.

Varios años más tarde, Díaz Quesada volvió a recurrir al probado talento de Federico Villoch para escribir otro argumento: La zafra o Sangre y azúcar (1919). Esta octava producción exigía mayor cantidad de recursos que las precedentes, pero los denodados empresarios no escatimaron en costos para ponerlos a disposición del director, en aras de la posible competencia con cualquier producción extranjera.

En los créditos, como fotógrafo, director y editor, además de encargarse generalmente del revelado e impresión, figuró, como siempre, el más prolífico de los cineastas cubanos de la época: Enrique Díaz Quesada. El reparto lo conformaron la debutante Yolanda Farrar, Regino López y Sergio Acebal.

El nuevo dramón aderezado con cierto contenido social fue objeto de una cálida recepción por parte de la prensa. Alberto Ruiz, cronista social del propio diario, comentó que “se anotaron un nuevo triunfo al presentar tan valiosa joya de la cinematográfica nacional” y escribió: “Es una filigrana de arte por su asunto histórico, por la belleza de sus escenas y por la claridad de las fotografías. No se omitió un solo detalle que pueda dar interés a la obra”.

Con estas dos experiencias en la etapa de balbuceos del cine nacional –de las que lamentablemente no sobrevivió ninguna copia, solo unas escasas fotografías–, Federico Villoch ocupa un lugar también en su historia.

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